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martes, 19 de octubre de 2010

El código Voynich



El código Voynich

Por Ana Alejandre

Este libro, considerado el más enigmático de la historia por diferentes motivos que después se explicarán, se encuentra en la librería Beinecke, con el ítem MS 408, de la Universidad de Yale, Estados Unidos.

Lo misterioso y enigmático de esta obra se basa en que está escrito en un lenguaje desconocido y con un alfabeto y caracteres enigmáticos que no se pueden asociar a ninguna lengua antigua o moderna, por lo que no ha podido ser descifrado por ningún criptógrafo o lingüista hasta el día de hoy, ya que el texto de dicha obra está escrito en una clave que aún está por descifrar. No obstante, esta obra ha sido objeto de innumerables estudios por parte de especialistas, estadounidenses y británicos en su mayoría, sin que se hayan conseguido resultados satisfactorios algunos.

Dicho código es un volumen de  235 páginas, y su origen es desconocido, aunque llegó a ser propiedad de dicha universidad por la donación que realizó a ésta H.P. Kraus, en 1969, y consta que en 1912 había sido adquirido por Wilfrid M. Voynich, coleccionista de libros antiguos –de ahí el título por el que se le conoce  como “código Voynich”- a un colegio de Villa Mondragone, cerca de Roma (Italia). A este lugar había llegado el libro prodedente del Collegium Romanum de los jesuitas que lo había custodiado durante más de 250 años y en el que lo había sido depositado un eminente erudito y criptólogo jesuita del siglo XVII, llamado Athanasius Kircher, quien también había fracasado en su intento de descifrarlo.

En una carta de fecha 19 de agosto de 1666,  se constata que Kircher había recibido dicho extraño volumen de un antiguo alumno, Joannes Marcus Marci, por entonces rector de la Universidad de Praga. Dicha obra había pertenecido a la biblioteca del Sacro Emperador Romano Rodolfo II, hasta su muerte, en 1612. Rodolfo había dejado  el gobierno de sus reinos de Hungría, Austria, Bohemia y Moravia en mano de los jesuitas, dedicándose a proteger y fomentar las ciencias y pseudociencias, entre las que prefería a la botánica y la astronomía. Por ello, creó un rico jardín botánico y construyó un observatorio en Benatky, cerca de Praga, como un regalo personal al astrónomo danés exiliado Tycho Brahe -del que era por entonces su ayudante, Johannes Kepler, quien le daría homenaje después  a su antiguo protector, dándoles su nombre a sus Tablas rudolfinas-. Sin embargo, el verdadero interés del emperador se dirigía hacia la alquimia, y para ello empleaba  mucho tiempo y mucho dinero para costear complejo un laboratorio alquímico al que invitó a que participaran con sus experimentos a los más célebres  alquimistas de Europa.

Uno de ellos, Johannes de Tepenecz, escribió su nombre en un margen del manuscrito Voynich, cuestión ésta que fue descubierta posteriormente. Otro de los más famosos alquimistas  de la época  era el inglés John Dee, quien entre 1584 y 1588 formó parte de la corte de Rodolfo II como agente secreto de la reina Isabel I de Inglaterra.  Es muy probable que fuera el propio Dee quien llevara el manuscrito a Praga.

Este enigmático personaje, había sufrido  encarcelamiento  durante el reinado de María Tudor, en 1555, por ser acusado de ejercer la brujería; y por esos extraños recovecos de la historia, se convirtió, posteriormente,  en favorito de la reina Isabel, que era medio hermana de María Tudor. En la corte isabelina realizó  diversos experimentos nigrománticos con su ayudante Edward Kelley, que  parecen propios de simples supersticiones o superchería y desdicen la imagen de este estudioso, aunque era un experto conocedor de la teoría y de la práctica alquímicas, además de la astrología, astronomía, matemáticas, geografía y navegación celeste; aunque su verdadera especialidad era la de ser un  eficaz espía que trató de inventar nuevas claves secretas y  fue un profundo estudioso de las que ya existían, trabajando para su jefe, lord Burghley.

Dee era un ferviente estudioso de Roger Bacon, y coleccionó muchos de sus manuscritos. Coincidía en muchos aspectos con el monje franciscano; ya que ambos  tenían un gran interés por las escrituras secretas.  Todo hace indicar que fue  Dee quien regaló a Rodolfo II el manuscrito de Voynich,  afirmando que era obra de Bacon. Sir Thomas Browne decía que Arthur Dee, hijo del doctor Dee, le había  comentado que era un «libro que sólo contenía jeroglíficos, en cuyo libro su padre había ocupado mucho tiempo, pero no me dijo que lo hubiera descifrado».

Todo estas cuestiones históricas son las que Voynich les había planteado a las diferentes instituciones académicas, en 1912, año en el que había adquirido el manuscrito que lleva su nombre. Estas afirmaciones que  había hecho provocó muchas inquietudes y desasosiegos en los distintos estudiosos e investigadores de Europa y América, ya que aunque el manuscrito parecía contener una serie de signos o letras, que a su vez formaban supuestas palabras, parecían decir algo que “sonaba” a todos los estudiosos que investigaban el libro , aunque nadie supo exactamente cuál era el código para descifrar tan enigmático texto.

Los expertos filólogos buscaron resonancias con algún idioma conocido, antiguo o moderno, pero no hallaron ninguna coincidencia que les pudiera llevar hasta la misma fuente de la que había manado tan extraño lenguaje y alfabeto. También, los criptoanalistas -entre los que se encontraba un especialista de la Biblioteca Nacional de París, que había estudiado y descifrados códigos alquímicos del siglo XV- tuvieron que reconocer ser incapaces de descifrar su contenido.

Fue en 1917 cuando la sección de criptología de la División de Inteligencia Militar de los Estados Unidos, llamada el MI-8, sintió un gran interés por estudiar el enigmático libro. El MI-8 tenía entonces como director a Herbert Osborne Yardley –que fue después considerado como un genio entre los descifradores de códigos-, quien tenía como ayudante al brillante capitán John M. Manly, doctor en filosofía, que, con anterioridad  a la guerra, había dirigido el departamento de inglés de la Universidad de Chicago. Fue en 1917 cuando Manly estaba inmerso en el estudio del conocido como criptograma Sitzke, nombre dado a un código compuesto por 424 letras que consiguió descifrar en el tiempo record de tres días, con lo que pudo conseguir desvelar la identidad de Lothard Witzke –de ahí el nombre de dicho criptograma-, agente secreto alemán que actuaba desde Méjico. Sin embargo, Manly, el inteligente descifrador de códigos, se vio sobrepasado por el manuscrito Voynich, y afirmó sin tapujos que dicho texto era “el manuscrito más misterioso del mundo”.
 
El manuscrito Voynich  pasaba así a ser considerado uno de los mayores enigmas aún  por resolver de la criptografía, la literatura y la historia, y quizás uno de los más importantes misterios indescifrables por la criptografía. También, han habido voces cualificadas que  han descrito al manuscrito Voynich como fraude o bulo  histórico, después de haberle realizado un análisis criptográfico estadístico.  el cual  demostró que el texto del «lenguaje Voynich» era probablemente aleatorio y, por tanto, no tendría relación alguna con ningún lenguaje, vivo o muerto, que exista o haya existido nunca, aunque después de innumerables análisis no se ha podido demostrar ninguna de las teorías antes mencionadas. La creencia más generalizada es que es una simple obra creativa, pero que carece de sentido alguno, y el lenguaje utilizado es inconsciente, casi automático, pero que no quiere decir nada.

Hay otra obra indescifrable, de la que hablaremos en otro momento, como es al Codex Seraphinianus,  más moderna que el código Voynich,  que posee en común con este último un lenguaje  indescifrable –sólo se ha podido saber de esta última obra enigmática cómo está cifrada la numeración de las páginas-, por lo que ambos son los dos libros o textos más misteriosos de la historia.

Hay que tener en cuenta, en relación a la sospecha de fraude relativa al código Voynich, que el que le dio su nombre no era criptólogo,  pero sí consta que tenía algunos conocimientos de simbología. Su suegro, George Boole, profesor y matemático inglés, fue uno de los iniciadores en el uso de los símbolos matemáticos en la expresión de procesos lógicos y fue elegido miembro de la Royal Society, en reconocimiento a sus trabajos sobre la lógica simbólica moderna. Todo ello podía haber influido en Voynich que conocía de la existencia de pruebas que evidenciaban que el autor de este extraño código podía ser Roger Bacon, y se podía suponer que este último había inventado un supuesto sistema de lógica moderna con seiscientos años de adelanto que Boole; y también existía la posibilidad de que hubiera inventado Bacon un lenguaje para poder ocultar sus investigaciones sobre la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, o elixir de la vida, ocultando de esta manera sus descubrimientos para eludir las posibles acusaciones de estar practicando la magia negra, cuestión ésta que en su tiempo era de gravísimas consecuencias.

Todas estas elucubraciones podían haber pesado en el ánimo de Voynich para pedir una posible solución al mundo científico y académico de principios del siglo XX, para lo que hizo docenas de copia del manuscrito y se las envío a todos los especialistas más afamados para que pudieran buscar una solución al enigma que representaba el misterioso código. Acompañaba a dicho envío con una nota personal en la que comentaba todos los datos que podía facilitar y que conocía del misterioso libro: el precio que había pagado no lo decía, pero sí que lo había adquirido a principios de 1912, después de haberlo descubierto en la biblioteca del Colgio MOndragore, regido por los jesuitas, en Frascati (Italia),, como se ha dicho anteriormente.

La autoría del libro sigue siendo otro enigma, porque como ya se ha mencionado, el autor de dicho libro es anónimo, aunque algunos estudiosos lo atribuyen a Roger Bacon, personaje ilustre del siblo XIII, y con un gran prestigio científico por sus extensos conocimientos en diversas áreas. Sin embargo, estas hipótesis no pasan de ser simples conjeturas, sin que se haya podido demostrar fehacientemente su autoría.

Fue en 1917 cuando la sección de criptología de la División de Inteligencia Militar de los Estados Unidos, llamada el MI-8, sintió un gran interés por estudiar el enigmático libro. El MI-8 tenía entonces como director a Herbert Osborne Yardley –que fue después considerado como un genio entre los descifradores de códigos-, quien tenía como ayudante al capitán John M. Manly, doctorado en filosofía, que había sido director del departamento de inglés de la Universidad de Chicago  en tiempos previos a la I Guerra Mundial.
Por aquel entonces, cuando el interés suscitado por el código Voynich,  Manly estaba enfrascado en el llamado criptograma Witzke, código compuesto por 424 letras, que descifró en el tiempo récord de tres días, lo que permitió descubrir la identidad de Lothar Witzke, -de ahí el nombre de dicho criptograma- agente secreto alemán que cumplía con su misión desde Méjico.
 Sin embargo, y a pesar de su pericia criptográfica, después de mucho tiempo dedicado al estudio y análisis del código Voynich, tuvo que declarar que era incapaz de descifrarlo y agregó que dicho texto  era «el manuscrito más misterioso del mundo»

Además, hay que destacar a otro estudioso que estuvo obsesionado en descifrar el misterioso código: el profesor William Romaine Newbold, especialista en filosofía e historia medieval de la Universidad de Pennsylvannia
En su calidad de lingüista y criptógrafo –al igual que Manly- estudió detenidamente dicho código, ayudándose con una lupa, y realizó con este sistema un extraordinario descubrimiento: dentro de las letras existía un texto secundario y creyó que se trataba de una extraña modalidad de taquigrafía. Aplicó las muy conocidas por él técnicas de desciframiento y consiguió reducir todas las grafías a una sola clave de diecisiete letras romanas y, usando esta clave, consiguió seis traducciones distintas que cada una de ellas llevaba hasta la siguiente. Posteriormente, realizó un “anagrama” del texto sexto,  a través del cual llegó al texto final –la posible solución- en latín.

Por este motivo, convocó una reunión  de la Sociedad Filosófica Americana en Filadelfia, en 1921, para anunciar sus conclusiones primeras ante un auditorio asombrado  que quedó convencido y fascinado por la solución aportada por este estudioso. Afirmó que el autor del código no podía ser otro que Roger Bacon, quien lo había escrito en clave para evitar que su obra pudiera ser calificada como excesivamente rompedora y novedosa. Había que tener en cuenta que Bacon había sido el inventor de la lupa y que había anunciado la posibilidad de construir telescopios y microscopios con muchísima antelación al tiempo en el que fueron inventados.

Afirmaba que el manuscrito era una demostración palpable de que Bacon había construido un microscopio y que eso le había ayudado al estudio de gametos, óvulos y espermatozoides, además de la vida orgánica en  general, incluyendo la vegetal. También se aventuró a afirmar que Bacon había construido un poderoso telescopio reflectante, por lo que había podido estudiar con ese artefacto sistemas planetarios desconocidos en su tiempo y que de esa forma tenía conocimientos superiores a los de la ciencia de su época.

Este profesor y estudioso, Newbold,  gozaba de un prestigio indudable y, por esa causa, sus hipótesis podían ser aceptadas a pesar de ser tan heterodoxas. Teniendo en cuenta que en su auditorio no había demasiados criptólogos que refutaran sus ideas, éstas no encontraron demasiados obstáculos o reparos.

En algunas de las ilustraciones del citado código, un fisiólogo muy reconocido en esa época, decía que se podía ver las células epiteliales y sus cilios –son las células que recubren las trompas de Falopio y los bronquios y que facilitan el paso de los óvulos y de las mucosidades-, y que éstas estaban en un mayor tamaño, superior a  setenta y cinco veces el suyo real.

El estudio del código duró hasta la muerte de Newbold, ocurrida en 1926, colaborando con él su colega y amigo Roland Grubb que fue quien publicó los descubrimientos de Newbold en 1928 con el título de The cipher of Roger Bacon (La clave de Roger Bacon). Las reacciones de los diversos especialistas a dicha publicación no fueron del todo conformes a la hipótesis de Newbold.

John Manly, por entonces ya retirado de la vida militar y vuelto a la docencia universitaria, seguía con  interés dicho asunto y quiso conocer el método de Newbold y comprobar sus resultados, aunque consideraba a éste como una autoridad en la materia, pero sus propios resultados no coincidían con los del profesor Newbold. Discutió el tema con otros especialistas, antiguos compañeros del MI-8,  y después publicó un artículo en la revista Speculum, en el que negaba la verosimilitud de los razonamientos del profesor Newbold, haciendo un análisis pormenorizado de los mismos y justificando su negativa a aceptarlos.

Por esos fracasos continuos en el intento de conseguir descifrar su misterioso contenido y saber cuál es su autor, en qué lenguaje está escrito y cuál es el alfabeto usado para escribirlo, se ha convertido este manuscrito en una especie de misterio insondable  al no saber cuál es su significado. De estos enigmas no resueltos proviene su calificación como código que significa, en algunas de sus acepciones, Cifra para formular y comprender mensajes secretos, y también: libro que la contiene.

Hay una peculiaridad en dicho libro que conviene tener en cuenta y es que se sabe que fue escrito de izquierda a derecha (como la lengua árabe), lo que ha provocado un margen derecho irregular, como sucede generalmente en el margen izquierdo cuando se escribe en la dirección opuesta que es la habitual en los alfabetos occidentales.

Existen diversas secciones en el libro que se subdividen en párrafos entre los que se incluyen diversas viñetas o dibujos, pero siempre en el margen izquierdo, es decir en la posición de partida de la escritura.

No existe en esta obra ningún tipo de signo de puntuación y en todo el texto se advierte que está realizado con suma fluidez, es decir como si el escribiente estuviera habituado a escribir en este extraño alfabeto y, además, supiera perfectamente lo que quería decir. No hay, por tanto, en este volumen, ninguna evidencia que hable de la calma y la concentración de quien escribe en un lenguaje criptográfico y tiene que hacerlo con la precisión y el cuidado que requiere escribir en un lenguaje o alfabeto que no es el habitual en el que se escribe o  expresa.

Las muchas ilustraciones que tiene este extraño ejemplar manuscrito, no dan por sí sola una explicación fehaciente del contenido o significado del texto, pero si demuestran que el libro está dividido en seis secciones, a modo de capítulos, con diferente contenido y estilo diverso. Exceptuando la última sección que sólo contiene texto, las otras cinco tienen una ilustración en prácticamente todas las páginas, casi en su totalidad. El problema de las ilustraciones es que las relativas a las plantas y arbustos dibujados no existen, sino que parecen inventados y los nombres de los vegetales que si existen no aportan ninguna luz a la investigación criptográfica por su falta de sentido y coherencia.

También, en lo relativo a la astronomía, se podían entrever en los dibujos de las constelaciones  algunos cuerpos celestes como la nebulosa de Andrómeda, la estrella Aldabarán o el cúmulo estelar de las Híades, aunque la confusión se establecía también porque aparecían galaxias imaginarias. Intentaron apoyar la interpretación de tales imágenes en obras de Bacon, pero no fue posible hallar la más mínima coincidencia lógica en dicha comparación.

El tamaño de este extraño libro no es demasiado grande, pues mide 14 x 21,5 cms.,  y el material del que está hecho es el pergamino.

Los diversos especialistas que lo han examinado consideran que puede tratarse de un libro o tratado de farmacopea, o trato de medicina medieval o renacentista, aunque existen muchas lagunas al respecto, pues este manuscrito presenta muchas incógnitas ya que sus ilustraciones, además de mostrar diversas plantas, también representan distintas constelaciones astronómicas, así como figuras femeninas desnudas pero sin que se pueda establecer una relación lógica entre unas y otras..

La NASA está muy interesada en descifrar el texto y saber su origen, porque le ha llamado la atención las extrañas ilustraciones de constelaciones que parecen ser demasiado precisas para los conocimientos de la época en la que se supone fue escrito. Por ello ha  solicitado ayuda a diversos expertos y reconocidos criptógrafos y lingüistas de distintas especialidades para que examinen el manuscrito, sin que ninguno haya podido dar una solución al enigma que representa. Esto ha añadido un plus de misterio al ya de por sí misterioso libro y ha levantado aún más la expectación alrededor de este enigmático código.

Todos estos elementos confluyen para considerar a este ejemplar como el manuscrito o texto más enigmático del mundo, aunque hay algunas insinuaciones de que puede tratarse de un fraude, pero sin que se haya podido demostrar ninguna hipótesis, en uno u otro sentido.
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El tiempo  transcurrido  desde el conocimiento de su existencia y las muchas hipótesis apuntadas, junto a las nuevas técnicas informáticas quizás puedan llegar a descifrar el misterio oculto  en este texto misterioso que se ha convertido en un reto para los diversos especialistas que lo han analizado en vano, sin hallar una respuesta definitiva y esclarecedora del enigma y que ha despertado un inusitado interés en un organismo como la NASA que cree encontrar en él conocimientos imposibles para los hombres de la época en la que fue escrito por una mente misteriosa que quiso dejar un legado indescifrable a la posteridad.


Bibliografía consultada


Malditos. La biblioteca olvidada
Ivan Humanes Bespin y Salvador Alario Bataller
Grafein Ediciones, 2006

El manuscrito Voynich. Un enigma por resolver
Rob Churchill y Gerry Kennedy
Melusina, 2006
Los libros malditos. Textos mágicos, prohibidos, secretos, condenados y perseguidos
Mar de Rey BuenoEdaf, 2005
The Source
Michael Cordy
Gorgi Bookslitd, 2009
El manuscrito Voynich. El libro más enigmático de todos los tiempos
Marcelo Dos Santos
Punto de Lectura, 2006

El manuscrito de Voynich y la búsqueda de los mundos subyacentes.
Mario M. de Pérez-Ruíz
Oceano Ambar, 2003