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viernes, 31 de agosto de 2018

POEMAS DE ALEJANDRA PIZARNIK

Alejandra Pizarnik


DÍAS CONTRA EL ENSUEÑO

No querer blancos rodando
en planta movible.
No querer voces robando
semillosas arqueada aéreas.
No querer vivir mil oxígenos
nimias cruzadas al cielo.
No querer trasladar mi curva sin
encerar la hoja actual.
No querer vencer al imán
la alpargata se deshilacha.
No querer tocar abstractos
llegar a mi último pelo marrón.
No querer vencer colas blandas
los árboles sitúan las hojas.
No querer traer sin caos
portátiles vocablos.

HUMO

marcos rozados en callado hueso
agitan un cocktail humeante
miles de calorías desaparecen
ante la repicante austeridad
de los humos vistos de atrás
dos manos de trébol roto
casi enredan los dientes separados
y castigan las oscuras encías
bajo ruidos recibidos al segundo
los pelos ríen moviendo
las huellas de varios marcianos
cognac boudeaux-amarillento
rasca retretes sanguíneos
tres voces fonean tres besos
para mí para ti para mí
pescar la calandria eufórica
en chapas latosas
ascendente faena!

REMINISCENCIAS

y el tiempo estranguló mi estrella
cuatro números giran insidiosos
ennegreciendo las confituras
y el tiempo estranguló mi estrella
caminaba trillada sobre pozo oscuro
los brillos lloraban a mis verdores
y yo miraba y yo miraba
y el tiempo estranguló mi estrella
recordar tres rugidos de
tiernas montañas y radios oscuras
dos copas amarillas
dos gargantas raspadas
dos besos comunicantes de la visión de
una existencia a otra existencia
dos promesas gimientes de
tremendas locuacidades ajenas
dos promesas de no ser de sí ser de no ser
dos sueños jugando la ronda del sino en
derredor de un cosmos de
champagne amarillo blanquecino
dos miradas cerciorando la avidez de una
estrella chiquita
y el tiempo estranguló mi estrella
cuatro números ríen en volteretas desabridas
muere uno
nace uno
y el tiempo estranguló mi estrella
sones de nenúfares ardientes
desconectan mis futuras sombras
un vaho desconcertante rellena
mi soleado rincón
a sombra del sol tritura la
la esfinge de mi estrella
las promesas se coagulan
frente al signo de estrellas estranguladas
y el tiempo estranguló mi estrella
pero su esencia existirá
en mi intemporal interior
brilla esencia de mi estrella!

AGUA DE LUMBRE

Sí. Llueve...
el cielo gime montones desteñidos 
sombras mojadas recogen sus trozos
cavidades barrosas tremendas 
mezquinas gotas de agua sulfurada
si bien no sé cómo recojo las masas 
de ver si me agita la pálida lumbre tremendo 
espesor de perros y gatos 
las gotas siguen

SER INCOLORO

(al conejito que se
comía las uñas)

costura desclavada en mi caos humor diario 
repiqueo infinito arpa rayada cadáveres
 llorosos mar salino
tu opacidad quitará fuentes de verde jabón 
banderines colorados
en mano derecha de uñas comidas.


NEMO

no llegará lejos el día de raro verdor
en que cantaré a la luna odiada que da luz a mi espesa cabeza cortada 
                                                                                              a la navaja 
que da luz a los vientos brutales
a las flores agudas que arden en los dedos bajo las curitas benignas
a la estrella que se oculta cuando se la llama
a la lluvia húmeda contoneándose en su desnudez repulsiva
el sol amarillo que traspasa las pieles marcando oscuras huellas
el relojito enviado desde el infierno interruptor de los bellos sueños
a los mares helados arrastrando basuras olas cintillos dorados ardores
[en los ojos 


VAGAR EN LO OPACO

mis pupilas negras sin ineluctables chispitas
mis pupilas grandes polen lleno de abejas
mis pupilas redondas disco rayado
mis pupilas graves sin quiebro absoluto
mis pupilas rectas sin gesto innato
mis pupilas llenas pozo bien oliente
mis pupilas coloreadas agua definida
mis pupilas sensibles rigidez de lo desconocido
mis pupilas salientes callejón preciso
mis pupilas terrestres remedos cielinos
mis pupilas oscuras piedras caídas

domingo, 29 de abril de 2018

GERARD DE NERVAL

Gerard de Nerval




Continuando con la serie de “Escritores suicidas”, por el nexo trágico y común que tienen quienes decidieron poner, un aciago día, el punto y final a sus vidas por un sinnúmero de razones que no tienen todas que coincidir en cada suicida, aunque siempre es común algunas en esa fatídica decisión motivada, a veces,  por el desencanto, la soledad,  olas adicciones; o bien, los problemas personales, la frustración en sus carreras literarias y esas otras razones íntimas y secretas que no se puede, muchas veces, adivinar porque toda vida tiene siempre sus luces y sombras, y se puede ver las primeras y solo intentar llegar a vislumbrar las segundas.  Estas últimas son, precisamente, las que determinan, en muchos casos, el destino de cada ser humano, aunque en el caso de los suicidas, sea siempre una salida trágica de una vida que puede ser dramática en la intimidad, aunque permanece oculta a las miradas de quienes, después, se preguntan atónitos ¿por qué?

En esta ocasión, nos referimos al escritor francés Gerard de Nerval, poeta que fue ignorado en su época y que la posteridad lo ha consagrado como el principal poeta romántico en su lengua y un precursor relevante de la poesía contemporánea

Gérard de Nerval                
                                                                                             .
Gérard Labrunie, verdadero nombre de Gerard de Nerval, nació en París, en 1808. Hijo de un médico, quedó huérfano de madre muy tempranamente, con tan solo dos años de edad, motivo por el que fue a vivir con su tío al pequeño pueblo de Mortefontaine, en los bosques de Valois, cuya estancia en tan idílico lugar le inspiró sus obras Sylvie (1853) y Canciones y leyendas de Valois.  

Regresó a París para vivir con su padre cuando contaba seis años, pero sin dejar de visitar Valois en las vacaciones. Cuando tenía catorce años marchó a París, ciudad en la que vivió de manera bohemia.

Comenzó a estudiar Medicina, pero abandonó dichos estudios. Siempre se sintió atraído por la literatura, por lo que en 1827 comenzó a traducir la obra Fausto de Goethe de forma muy personal y creativa, cuya labor le produjo una fuerte impresión y, desde entonces, su traducción la prefirió al texto original en alemán.

Por la traducción de Fausto, llego a conocer a los escritores como Goethe, junto con Hoffmann y Heine -con este último inició una gran amistad y del que tradujo poemas-, que le influyeron decisivamente. Conoció a Victor Hugo, asistió al estreno de Hernani, obra teatral de Víctor Hugo, estrenada en el Théâtre Français de París, el 25 de febrero de 1830. En dicha obra, su autor narraba la tragedia del bandido aragonés Hernani y su amante Doña Sol. En su estreno se inició la “batalla” que se produjo entre los románticos y los clasicistas. Gerard de Nerval fue uno de los organizadores de la célebre batalla. Dos años después, participó en los motines de 1832 y, por ese motivo de  escándalo público, ingresó en prisión en dos ocasiones.
.
Realizó distintas actividades como aprendiz de imprenta, ayudante de notario y otros. Incluso, llegó a escribir varias obras dramáticas en colaboración con Alejandro Dumas, además de iniciar una gran amistad con Théophile Gautier, autor con el  que se reunía en el “club de los hachisianos” (club de los adictos al hachís)  y,  también,  se relacionaba con  Víctor Hugo.

Al haber recibido una herencia de 30.000 francos de oro, de su abuela materna, en 1834. El dinero recibido le permitió viajar a Italia y, cuando volvió a París , en 1835, se instaló en casa del pintor Camille Rogier, que reunía en sus salones el grupo de escritores románticos. Fundó Monde dramatique (Mundo dramático), revista costosa y de calidad en la que gastó todo su capital y lo dejó en la ruina, oir ki qye la vendió en 1836. En esa época se le veía por los lugares públicos vestido como un dandy y, como estaba muy interesado por el mundo del ocultismo, convirtió su casa en un centro de reunión de personajes relacionados con dichas actividades esotéricas.

Se trasladó a Bélgica con Theophile Gautier durante tres meses. Al finalizar el año, comenzó sus actividades periodísticas y firmó, por vez primera, como «Gérard de Nerval» en Le Figaro, nombre que le inspiró una pequeña propiedad de su familia.

Escribió la ópera cómica Piquillo, en 1837, motivo por el que conoció a la actriz y cantante Jenny Colon, de la que se enamoró apasionadamente y de quien se convirtió en un rendido admirador. Ella le inspiró  el personaje que aparece en Sylvie, las primeras de las novelas (nouvelles) que reunió en Las hijas del fuego.Volvió a verla en 1840, dos años antes de la muerte de ella, lo que le causó una gran conmoción.

En el verano de 1838 había viajado por Europa y había llegado a Alemania, que era su destino más soñado, junto a Dumas con quién firmó un contrato, y por Teófilo Gautier que había sido compañero suyo desde la época del liceo. En noviembre de ese año conoció a la pianista Marie Pleyel, en Viena que era discípula de Liszt

Los inicios de sus problemas mentales se pusieron de manifiesto e 1841, cuando le detuvieron desnudo, persiguiendo una estrella que, según decía, le guiaba hacia Oriente, lo que motivó que estuviera internado en la clínica del doctor Blanche, primero de los internamientos que se fueron sucediendo desde entonces, cuando comenzaron las alucinaciones que le acompañaron hasta su muerte.

Al salir de la clínica, su editor le adelantó dinero y con él pudo emprender el viaje a Oriente que era su mayor deseo. Estuvo un año y regresó para escribir Escenas de la vida Oriental (1851), que constituye una obra maestra del periodismo poético.

Posteriormente, tradujo a Heine, a quien había conocido personalmente, y  continuo sus viajes por  varios países de Europa: Bélgica, Holanda, Inglaterra y Alemania. En esa época ya había perdido su casa y no tenía domicilio fijo y carecía de objetos personales y de dinero. Realizó su último viaje a Alemania, país que le fascinaba, y publicó Las quimeras (1854), una serie de sonetos herméticos con los que consiguió ser considerado el precursor de Mallarmé y del simbolismo, cuya obra se convirtió en uno de los libros favoritos de los surrealistas más de cincuenta años después.

Los últimos años de su vida fueron los más prolíficos literariamente; aunque sufrió nuevos episodios psicóticos y fue internado por ese motivo.  Su colección de novelas cortas fue publicada en 1854, con el título de Las hijas del fuego, que incluía el relato Sylvie, anteriormente citado, de estilo clásico y temática genuinamente romántica. Publicó Aurelia o el sueño y la vida, en 1855, que mezclaba sueño y realidad y está considerada como una de las obras precursoras de la literatura moderna.

Si embargo, la muerte esperaba a Gerard de Nerval en el invierno de 1855. Un frío amanecer, un borracho encontró el cadáver de Nerval cubierto de nieve en el callejón de La Vielle-Lanterna (La vieja farola) ahorcado con su propio cinturón. Encontraron en sus bolsillos las últimas páginas de Aurelia, considerada su obra maestra, y que se publicaría póstumamente en ese mismo año, junto con las excelentes crónicas de La bohemia galante.

Ninguno de sus amigos aceptaba la teoría del suicidio, a pesar de las evidencias que así lo demostraban, pues afirmaban que Narval tenía proyectado un viaje a Grecia y que nadie se ahorcaría con el sombrero puesto. Sin embargo, el fallecido había dejado a su tía con la que vivía, una nota en la que le decía, en una evidente premonición de que la muerte le esperaba en una cita que sabía ineludible: “No me esperes esta tarde, porque la noche será negra y blanca”.

Tan negra como veía su propio futuro acosado por sus demonios interiores, y blanca por la fría nieve y la luz que, intuía, lo esperaba detrás del túnel, en el último tránsito a la otra orilla de la que ya no hay retorno, ni sufrimiento, ni dolor.


martes, 22 de agosto de 2017

Jack London
Jack London y el enigma de su suicidio.


En la serie de escritores suicidas no podía faltar Jack London, aunque la veracidad de que se suicidó está en duda, pues no hay pruebas concluyentes, pero también faltan las que prueben que murió por muerte natural o accidental. Todo ello lleva a pensar a muchos estudiosos de su obra a afirmar que se suicidó por los muchos problemas, especialmente de salud, económicos y sentimentales que sufría en sus últimos años, poniendo así fin a una vida en la que abundaron sus excesos, sus aventuras y el no respetar los límites.

Jack London fue otro de los escritores que dedicaron parte de su obra al mar y a las aventuras que la vida en él supone, es Jack London, escritor de novelas y relatos, uno de los más importantes de la literatura universal, que ofrece a lo largo de su obra la constante lucha del hombre por sobrevivir en plena Naturaleza, sometido a sus duras leyes, y en cuya lucha el hombre saca lo mejor o peor de sí mismo, para poder sobreponerse al frío, al hambre, al sol abrasador, a los fenómenos naturales y al encuentro con hombres y fieras con los que medirse.

Antes de continuar, habría que determinar quién fue Jack London desde el punto de vista de su biografía compuesta de datos cronológicos y espaciales, para entrar, después, en lo relativo a su amplia obra.

Jack London, cuyo verdadero nombre era John Griffith, nació en San Francisco (California), el 12 de enero de 1876. Hijo de un astrólogo ambulante, al que la madre del escritor abandonó, poco después de su nacimiento. Se crió al lado de su padrastro, un droguero de Oakland, llamado John London, de ahí el apellido adoptado por el escritor que usaría en su carrera literaria y que fue lo único que recibió de su padrastro, ya que éste le obligó a trabajar siendo  todavía adolescente, lo que llevó al escritor a abandonar el hogar familiar para embarcarse en su primer barco,  entre otros muchos de su vida como hombre de mar.

Todavía en  plena adolescencia, adoptó el hombre de Jack. Realizó trabajos varios y todos ellos duros: pescador furtivo de ostras en la Bahía de San Francisco, navegó por el Pacífico en un barco dedicado a la caza de focas; se alistó al ejército de Kelly, formado por desempleados; formó parte de una patrulla marítima deteniendo a furtivos; vagabundeó por todo el país y, a los 19 años, regresó al hogar familiar para estudiar en el instituto. Fue en esa etapa de estudiante cuando contactó con los grupos socialistas y fue conocido como el chico Socialista de Oakland por su constante oratoria callejera. Fue candidato socialista en varias ocasiones para la alcaldía, aunque fracasó en todas ellas.

Fue en 1897cuando London se embarcó rumbo a Alaska en busca de oro, pero después de muchas y arriesgadas aventuras volvió al hogar familiar enfermo y sintiéndose fracasado. Fue en la etapa de convalecencia cuando decidió dedicarse a la literatura para escribir novelas inspiradas en sus propias aventuras. Para ello, inició una etapa de formación intelectual, leyendo a autores tan dispares como (Kipling, Poe, Darwin, Stevenson, Malthus, Marx, Spencer,  y, sobre todo, la filosofía de Nietzsche), lo que hizo de London una extraña e ingenua mezcla de socialista y fascista, aunque parezca contradictorio –y lo es-, seguidor del evolucionismo de Darwin y siempre manteniendo incólume su espíritu aventurero.

En su imaginario destacaba el principio de lucha por la vida y de la supervivencia de los más fuertes, además de las doctrinas del superhombre, influido por sus lecturas de Nietzsche, así como un evidente racismo que le llevaba a proclamar la superioridad de la “raza anglosajona” sobre todas las demás, lo que después harían los nazis con respecto a los alemanes,  a quienes consideraban arios puros, siguiendo el pensamiento de Nietzsche, también, además de su rechazo hacia los judíos. El ideario de London también tiene extremas convicciones racistas, aún más intensas que las de Kipling, autor al que leía ávidamente. Si la lectura de “El manifiesto comunista” de Karl Marx, fue decisivo para su conversión al socialismo, fueron las lecturas de Kipling las que le hicieron aceptar el racismo como parte de su ideario, en una constante contradicción que era consustancial a su carácter. Se puede definir a London como un hombre de acción, apasionado, vitalista, contradictorio, pero también como un hombre que, sin ser un intelectual, intuyó que la literatura era su única vía de redención de todos sus excesos.

A esa conclusión lo llevó su azarosa vida a la que, sabía, le iba a ser imposible renunciar para dedicarse sólo a la vida solitaria de un escritor. Su destino parecía estar escrito por su propia naturaleza de hombre con físico de atleta aunque de mediana estatura, y con un cuerpo apropiado y hecho para la lucha. Sus ideas socialistas las mantuvo hasta su muerte y su radicalismo literario también, aunque entraban muchas veces en contradicción con su estilo de vida en el que el azar, la aventura y los excesos, tanto alcohólicos como sexuales, formaban parte de su personalidad, en la que no cabía la contención ni las medias tintas. Todo en él era excesivo, desbordado, incontrolable y, al mismo tiempo, con la llama de su pasión vital  siempre encendida, entusiasta de las experiencias vividas en plena naturaleza, por su indomable sentido de la libertad personal que le hacía buscar constantemente nuevos lugares de exploración de su curiosidad insaciable, de su deseo de vivir sin cortapisas. Lo intenta hacer todo: hacerse granjero en EE.UU, porque no le son suficientes los espacios interminables de Alaska, del río Yukón, de las nieves perpetuas donde moran lobos y perros, acompañando a seres humanos muy parecidos entre sí, en lo bueno y en lo malo. Esa constante búsqueda de nuevas experiencias lo llevará a construir barcos de vela para navegar por Hawai y sus islas, etapa ésta que es la más creativa y loca de su vida.

Pero al mismo tiempo que crece su prestigio en todo el mundo, aumentan también sus excesos que se traducían en continuas juergas con amigos y mujeres que duraban semanas;  lo que, unido a sus inversiones desastrosas por su falta de conocimiento del mundo empresarial, lo van abocando a la ruina y al deterioro físico más evidente.

Ese deseo inextinguible de vivir nuevas experiencias le hace embarcarse en negocios ruinosos: comunas, fábricas, grandes extensiones de terreno para criar centenares de cabezas de ganado o crear exóticas plantaciones. Todo es un completo fracaso, incluso el castillo que quería construir y que el fuego devoró en un incendio pavoroso que podía tener como causa alguna de las muchas juergas de London y sus amigos que celebraran en dicho recinto. A pesar de sus ruinosos negocios, sigue siendo un gran escritor que dedicaba las primeras horas de la mañana para escribir sin desmayo sus narraciones que le dan fama universal y montañas de dinero que dilapida con la misma rapidez que las gana.

Las revistas empiezan a publicar sus relatos a partir de 1899, pero siguió siendo un escritor prácticamente desconocido. En 1900 publicó una colección de relatos que lleva el título “El hijo del lobo”, que le proporcionó un gran éxito popular. Pero fue la publicación de su primera novela “La llamada de la selva”, que data de 1903, obra dedicada al emotivo recuerdo de los perros que conoció en sus aventuras de buscador de oro en Alaska, la que le lanzó a la fama. De ese mismo año  es, también, El pueblo del abismo. Después, publicó El lobo de mar (1904), y terminó convirtiéndose en uno de los autores más conocidos y con mayores ventas de libros de Estados Unidos. Entre sus principales obras, también, se cuentan Colmillo blanco (1906), un relato sobre la prevalencia de los más fuertes; El talón de hierro (1908), fábula futurista, lúcida y premonitoria de los fascismos que no tardarían en surgir, en la que describe los entresijos de un estado totalitario moderno; Martin Eden (1909),  obra en la que destaca su cariz autobiográfico, y que escribió a bordo de un lujoso yate que se hizo construir; y El vagabundo de las estrellas (1915), una serie de historias  con el nexo común de la reencarnación y las infinitas posibilidades que ofrece la imaginación  y la capacidad de soñar del ser humano.

Fue en el transcurso de este corto plazo de quince años, cuando se convirtió en un escritor de “best –sellers”, pero era menospreciado por la crítica que sólo le reconocía un “talento natural para la narración”, pero no lo consideraba un escritor merecedor de estar en la historia de la literatura; sólo lo comparaban con las figuras de Julio Verne, Emilio Salgari o Zane Grey, es decir, escritores de narrativa destinada al público juvenil, aunque era el escritor mejor pagado de los Estados Unidos, por entonces. Su éxito despierta envidia y desprecio en los escritores y críticos “puristas”.

La obra  más importante de Jack London se desarrolla en la frontera de Alaska, territorio en el que se puede vivir bajo las duras leyes de la Naturaleza y la del ser humano que queda a merced de sus propios y bajos instintos casi salvajes.

Obra marítima de Jack London

Por ello, buena parte de su literatura tiene un escenario muy distinto y lejano del anterior, ya que se desarrolla en los lejanos y exóticos Mares del Sur
Sus relatos del mar  reflejan su visión del mundo marítimo al que define como un medio en el que se mezclan la belleza, la dureza y la violencia necesaria para sobrevivir en él.
.La más importante  y conocida obra marítima de Jack London es  “El lobo de mar” (1904), una de sus primeras obras, como ya se expuso anteriormente. La novela  narra la experiencia de un intelectual de clase acomodada, Humphrey Van Weyden, quien sufre un naufragio en la bahía de San Francisco y es rescatado por una goleta foquera, al mando del capitán Lobo Larsen. Este, rehúye llevar a tierra al protagonista, lo que le obliga a trabajar en el barco para sobrevivir varios meses en condiciones extremas de dureza, hasta que finalice la campaña de caza de focas.
Se nota en esta novela, especialmente en su inicio, la influencia de las muchas lecturas de Kipling que hizo London, ya que aparecen ciertas similitudes en la primera parte con la novela “Capitanes intrépidos” de aquel, que también narra una situación similar: la de un hombre con una gran fortuna que es rescatado por un barco, en el que se siente obligado a trabajar duramente, lo que le hace reflexionar sobre su anterior vida en un mundo tan lejano y diferente al que lo rodea en el barco, y a las relaciones humanas que mantenía en su mundo exclusivo y elitista. A partir de ese inicio o planteamiento de la narración, desaparece la similitud con dicha obra que es mucho más optimista en su desarrollo y desenlace que la obra de London, ya que éste muestra a las claras y sin ambages la crueldad, la dureza y la inhumanidad de la vida en el barco foquero, encarnadas en su capitán, el cruel y temible Lobo Larsen, que es el verdadero protagonista de la novela, aunque aparentemente y en teoría, debería serlo Humphrey Van Weyden, el náufrago rescatado por aquél.
Estos dos personajes son la encarnación de dos filosofías vitales distintas y encontradas. Larsen viene a representar la teoría del superhombre de Nietzsche –otro autor tan leído e influyente en la vida y obra de Jack London-, en cuanto que representa al hombre brutal, egoísta, amoral, aunque también es inteligente, instruido y físicamente muy bien dotado, pero sus dones se vieron limitados por su oscuro origen social que le ha marcado y limitado en sus logros. Por el contrario, Van Weyden representa el polo opuesto, es decir, el idealismo, la vida intelectual sin asomo de esfuerzo físico, la vida acomodada y sin dificultades materiales y, sobre todo, las creencias cristianas en la supervivencia espiritual después de la muerte y la confianza en la bondad intrínseca del ser humano que las duras experiencias vividas en el barco le niegan. En esta relación entre ambos,  hay quienes ven ciertos matices de una supuesta atracción erótica homosexual.
Ambos hombres, a pesar de sus diferencias personales tan acusadas, comparten, sin embargo, largos ratos de charla, en los que hablan especialmente de literatura y filosofía y, sobre todo, discuten de esos temas. Todo ello se incardina en una narración en la que abundan sucesos violentos en el barco, desde las tormentas en alta mar, hasta los naufragios; y desde los motines hasta los asesinatos, producidos en las violentas peleas, cuando no las huídas y persecuciones.

 Y como personaje insólito en la novela, está la figura de una mujer llegada a bordo que pone a prueba a los dos hombres y  pone en evidencia lo peor y mejor de ambos como contraste. Incluso, se advierte en esta novela una obsesión por el ideal de masculinidad que tiene gran parte de los escritores norteamericanos y que no podía faltar en London, y de la que se hicieron eco, también escritores posteriores como Hemingway y Kerouac, este último muy influenciado por London y  que sería, años más tarde, el símbolo de una generación con deseos de libertad y aventuras; además de Hemingway que, también, fue otro mito para la generación Beat,  cuyos miembros estaban siempre a la búsqueda de nuevos horizontes vitales.

Esta novela, “El lobo de mar” mezcla sabiamente la literatura de aventuras, pero, también, la literatura de reflexión filosófica sobre temas importantes, y constantes en su planteamiento, para el ser humano como son los binomios bien-mal, vida-muerte, bondad-crueldad, o debilidad-fortaleza.

Jack London supo salir indemne de muchas de sus aventuras en territorios hostiles, pero no pudo, o no supo, encontrar salvación para sí mismo. Con sólo 40 años, alcoholizado y horrorizado por los delirios que provoca el alcohol,  y después de calcular la dosis de morfina y atropina que pondrían fin a su vida, murió el 22 de noviembre de 2016, en su lujoso rancho. Su esposa obligó a los médicos que firmaran el certificado de defunción, aduciendo muerte natural, por la uremia que padecía. Sólo uno de los galenos accedió a firmarlo, y la duda sobre la causa de su muerte, de si había sido premeditada o accidental, sigue estando vigente. Dichos opiáceos los tomaba diariamente para combatir los fuertes dolores que sufría por la uremia que padecía, aunque en sus biografías al uso se describe la causa de su muerte como suicidio. Sin embargo, han aparecido documentos fehacientes posteriores que ponen en duda tal suicidio y cambian la imagen que de London se tiene como un alcohólico y mujeriego sin remisión.

Jack London había publicado 50 libros, entre los que hay varias obras maestras, y todo hace indicar que su última y definitiva obra fue su propio suicidio –ahora tan controvertido-, como manifestación de su libertad personal y de su deseo de vivir otra y definitiva experiencia personal, fruto de su particular visión de la vida. Lo hizo en el preciso instante en el que su vida " dejó de ser ávida de vida".  De esta forma, fue coherente con su pensamiento, sintetizado en una frase dicha por el propio London, como un axioma vital, al afirmar un derecho inalienable del  hombre que define como “el de adelantar el día de su muerte”.

Todo en la vida de London rezumaba desmesura, exceso, contradicción y rechazo a los límites. Eso le llevó hasta la propia muerte a la que, quizás, no quiso esperar y prefirió salir a su encuentro, para enfrentarse a ella, cara a cara, con igual valor y determinación que había vivido. Para él la vida era una lucha constante en la que todo ser humano demuestra lo que vale, sin excusas, sin vacilaciones y sin temor a salir vencido. La mayor derrota para un hombre así, es la incapacidad para enfrentarse al propio destino. Él supo aceptar el suyo hasta  el último momento y dejó tras de sí una obra como legado al mundo de su excepcional talento narrativo y de su propia visión de la vida como la mayor y mejor aventura.


viernes, 31 de marzo de 2017

Jack London y el enigma de su suicidio


 Ana Alejandre                                                                                   
Jack London,, escritor

Siguiendo con el ciclo dedicado a los escritores suicidas, en esta ocasión se va a tratar del famoso escritor Jack London, de quien se duda si se suicidó o su muerte se debió a un exceso en la toma de morfina de forma accidental. Dicho opiáceo lo tomaba diariamente para combatir los fuertes dolores que sufría por la terrible uremia que padecía, aunque en sus biografías al uso se describe la causa de su muerte por suicidio. Sin embargo, han aparecido documentos fehacientes posteriores que ponen en duda tal suicidio y cambian la imagen que de London se tiene como un alcohólico y mujeriego sin remisión.

Antes de continuar, habría que determinar quién fue Jack London desde el punto de vista de su biografía compuesta de datos cronológicos y espaciales, para entrar, después, en lo relativo a su amplia obra.

Jack London, cuyo verdadero nombre era John Griffith, nació en San Francisco (California), el 12 de enero de 1876. Hijo de un astrólogo ambulante, al que la madre del escritor abandonó, poco después de su nacimiento. Se crió al lado de su padrastro, un droguero de Oakland, llamado John London, de ahí el apellido adoptado por el escritor que usaría en su carrera literaria y que fue lo único que recibió de su padrastro, ya que éste le obligó a trabajar siendo  todavía adolescente, lo que llevó al escritor a abandonar el hogar familiar para embarcarse en su primer barco,  entre otros muchos de su vida como hombre de mar.

Todavía en  plena adolescencia, adoptó el hombre de Jack. Realizó trabajos varios y todos ellos duros: pescador furtivo de ostras en la Bahía de San Francisco, navegó por el Pacífico en un barco dedicado a la caza de focas; se alistó al ejército de Kelly, formado por desempleados; formó parte de una patrulla marítima deteniendo a furtivos; vagabundeó por todo el país y, a los 19 años, regresó al hogar familiar para estudiar en el instituto. Fue en esa etapa de estudiante cuando contactó con los grupos socialistas y fue conocido como el chico Socialista de Oakland por su constante oratoria callejera. Fue candidato socialista en varias ocasiones para la alcaldía, aunque fracasó en todas ellas.

Fue en 1897 cuando London se embarcó rumbo a Alaska en busca de oro, pero después de muchas y arriesgadas aventuras, volvió al hogar familiar, enfermo y sintiéndose fracasado. Fue en la etapa de convalecencia cuando decidió dedicarse a la literatura para escribir novelas inspiradas en sus propias aventuras. Para ello, inició una etapa de formación intelectual, leyendo a autores tan dispares como (Kipling, Poe, Darwin, Stevenson, Malthus, Marx, Spencer,  y, sobre todo, la filosofía de Nietzsche), lo que hizo de London una extraña e ingenua mezcla de socialista y fascista, aunque parezca –y lo es- contradictorio, seguidor del evolucionismo de Darwin y siempre manteniendo incólume su espíritu aventurero.

En su imaginario destacaba el principio de lucha por la vida y de la supervivencia de los más fuertes, además de las doctrinas del superhombre, influido por sus lecturas de Nietzsche, así como un evidente racismo que le llevaba a proclamar la superioridad de la “raza anglosajona” sobre todas las demás, lo que después harían los nazis con respecto a los alemanes,  a quienes consideraba arios puros, siguiendo el pensamiento de Nietzsche, también, y su rechazo hacia los judíos. El ideario de London también tiene extremas convicciones racistas, aún más intensas que las de Kipling, autor al que leía ávidamente. Si la lectura de “El manifiesto comunista” de Karl Marx, fue decisivo para su conversión al socialismo, fueron las lecturas de Kipling las que le hicieron aceptar el racismo como parte de su ideario, en una constante contradicción que era consustancial a su carácter. Se puede definir a London como un hombre de acción, apasionado, vitalista, contradictorio, pero también como un hombre que, sin ser un intelectual, intuyó de que la literatura era su única vía de redención de todos sus excesos.

A esa conclusión lo llevó su azarosa vida a la que, sabía, le iba a ser imposible renunciar para dedicarse sólo a la vida solitaria de un escritor. Su destino parecía estar escrito por su propia naturaleza de hombre con físico de atleta aunque de mediana estatura, y con un cuerpo apropiado y hecho para la lucha. Sus ideas socialistas las mantuvo hasta su muerte y su radicalismo literario también, aunque entraban muchas veces en contradicción con su estilo de vida en el que el azar, la aventura y los excesos, tanto alcohólicos como sexuales, formaban parte de su  personalidad en la que no cabía la contención ni las medias tintas. Todo en él era excesivo, desbordado, incontrolable y, al mismo tiempo, con la llama de su pasión vital  siempre encendida, entusiasta de las experiencias vividas en plena naturaleza, por su indomable sentido de la libertad personal que le hacía buscar constantemente nuevos lugares de exploración de su curiosidad insaciable, de su deseo de vivir sin cortapisas. Lo intenta hacer todo: hacerse granjero en EE.UU, porque no le son suficientes los espacios interminables de Alaska, del río Yukón, de las nieves perpetuas donde moran lobos y perros, acompañando a seres humanos muy parecidos entre sí, en lo bueno y en lo malo. Esa constante búsqueda de nuevas experiencias lo llevará a construir barcos de vela para navegar por Hawai y sus islas, etapa ésta que es la más creativa y loca de su vida.

Las revistas empiezan a publicar sus relatos a partir de 1899, pero siguió siendo un escritor prácticamente desconocido. En 1900 publicó una colección de relatos que lleva el título “El hijo del lobo”, que le proporcionó un gran éxito popular. Pero fue desde la publicación de su primera novela “La llamada de la selva”, que data de 1903, obra dedicada al emotivo recuerdo de los perros que conoció en sus aventuras de buscador de oro en Alaska, novela que le lanzó a la fama. En ese mismo año publicó también “El pueblo del abismo”. Después, publicó “El lobo de mar “(1904), y terminó convirtiéndose en uno de los autores más conocidos y con mayores ventas de libros de Estados Unidos. Entre sus principales obras, también se cuentan “Colmillo blanco” (1906), un relato sobre la prevalencia de los más fuertes; “El talón de hierro” (1908), fábula futurista, lúcida y premonitoria de los fascismos que no tardarían en surgir, en la que describe los entresijos de un estado totalitario moderno; “Martin Eden” (1909),  obra en la que destaca su cariz autobiográfico, y que escribió a bordo de un lujoso yate que se hizo construir; y “El vagabundo de las estrellas” (1915), una serie de historias  con el nexo común de la reencarnación y las infinitas posibilidades que ofrece la imaginación  y la capacidad de soñar del ser humano.

Pero al mismo tiempo que crece su prestigio en todo el mundo, aumentan también sus excesos que se traducían en continuas juergas con amigos y mujeres que duraban semanas;  lo que, unido a sus inversiones desastrosas por su falta de conocimiento del mundo empresarial, lo van abocando a la ruina y al deterioro físico más evidente.

Ese deseo inextinguible de vivir nuevas experiencias le hace embarcarse en negocios ruinosos: comunas, fábricas, grandes extensiones de terreno para criar centenares de cabezas de ganado o crear exóticas plantaciones. Todo es un completo fracaso, incluso el castillo que quería construir y que el fuego devoró en un incendio pavoroso que podía tener como causa alguna de las muchas juergas de London y sus amigos que celebraran en dicho recinto. A pesar de sus ruinosos negocios, sigue siendo un gran escritor que dedicaba las primeras horas de la mañana para escribir sin desmayo sus narraciones que le dan fama universal y montañas de dinero que dilapida con la misma rapidez que las gana.

Fue en el transcurso de este corto plazo de quince años, cuando se convirtió en un escritor de “best –sellers”, pero era menospreciado por la crítica que sólo le reconocía un “talento natural para la narración”, pero no lo consideraba un escritor merecedor de estar en la historia de la literatura; sólo lo veía acorde con las figuras de Julio Verne, Emilio Salgari o Zane Grey, es decir, escritores de narrativa destinada al público juvenil, aunque era el escritor mejor pagado de los Estados Unidos, por entonces. Su éxito despierta envidia y desprecio en los escritores y críticos “puristas”.

La obra  más importante de Jack London se desarrolla en la frontera de Alaska, territorio en el que se puede vivir bajo las duras leyes de la Naturaleza y la del ser humano que queda a merced de sus propios y bajos instintos casi salvajes.

Obra marítima de Jack London
Sin embargo, otra buena parte de su literatura tiene un escenario muy distinto y lejano del anterior, ya que se desarrolla en los lejanos y exóticos Mares del Sur.
Sus relatos del mar  reflejan su visión del mundo marítimo al que define como un medio en el que se mezclan la belleza, la dureza y la violencia necesaria para sobrevivir en él.
La más importante  y conocida obra marítima de Jack London es  “El lobo de mar” (1904), una de sus primeras obras, como ya se expuso anteriormente. La novela  narra la experiencia de un intelectual de clase acomodada, Humphrey Van Weyden,, quien sufre un naufragio en la bahía de San Francisco y es rescatado por una goleta foquera, al mando del capitán Lobo Larsen. Este, rehúye llevar a tierra al protagonista, lo que le obliga a trabajar en el barco para sobrevivir varios meses en condiciones extremas de dureza, hasta que finalice la campaña de caza de focas.
Se nota en esta novela, especialmente en su inicio, la influencia de las muchas lecturas de Kipling que hizo London, ya que aparecen ciertas similitudes en la primera parte con la novela “Capitanes intrépidos” de aquel, que también narra una situación similar: la de un hombre con una gran fortuna que es rescatado por un barco en el que se siente obligado a trabajar duramente, lo que le hace reflexionar sobre su anterior vida en un mundo tan lejano y diferente al que lo rodea en el barco, y a las relaciones humanas que mantenía en su mundo exclusivo y elitista. A partir de ese inicio o planteamiento de la narración, desaparece la similitud con dicha obra que es mucho más optimista en su desarrollo y desenlace que la obra de London, ya que éste muestra a las claras y sin ambages la crueldad, la dureza y la inhumanidad de la vida en el barco foquero, encarnadas en su capitán, el cruel y temible Lobo Larsen, que es el verdadero protagonista de la novela, aunque aparentemente y en teoría, debería serlo Humphrey Van Weyden, el náufrago rescatado por aquél.
Estos dos personajes son la encarnación de dos filosofías vitales distintas y encontradas. Larsen viene a representar la teoría del superhombre de Nietzsche –otro autor tan leído e influyente en la vida y obra de Jack London-, en cuanto que representa al hombre brutal, egoísta, amoral, aunque también es inteligente, instruido y físicamente muy bien dotado, pero sus dones se vieron limitados por su oscuro origen social que le ha marcado y limitado en sus logros. Por el contrario, Van Weyden representa el polo opuesto, es decir, el idealismo, la vida intelectual sin asomo de esfuerzo físico, la vida acomodada y sin dificultades materiales y, sobre todo, las creencias cristianas de la supervivencia espiritual después de la muerte y la confianza en la bondad intrínseca del ser humano que las duras experiencias vividas en el barco le niegan. En esta relación entre ambos,  hay quienes ven ciertos matices de una supuesta atracción erótica homosexual.
Ambos hombres, a pesar de sus diferencias personales tan acusadas, comparten, sin embargo, largos ratos de charla, en los que hablan especialmente de literatura y filosofía y, sobre todo, discuten de esos temas. Todo ello se incardina en una narración en la que abundan sucesos violentos en el barco, desde las tormentas en alta mar, hasta los naufragios; y desde los motines hasta los asesinatos, producidos en las violentas peleas, cuando no las huídas y persecuciones.

 Y como personaje insólito en la novela, está la figura de una mujer llegada a bordo que pone a prueba a los dos hombres y  pone en evidencia lo peor y mejor de ambos, como contraste. Incluso, se advierte en esta novela una obsesión por el ideal de masculinidad que tiene gran parte de los escritores norteamericanos y que no podía faltar en London, y de la que se hicieron eco, también escritores posteriores como Hemingway y Kerouac, este último muy influenciado por London y  que sería, años más tarde, el símbolo de una generación con deseos de libertad y aventuras; además de Hemingway que, también, fue otro símbolo para la generación Beat, cuyos miembros estaban siempre a la búsqueda de nuevos horizontes vitales.

Esta novela, “El lobo de mar”, mezcla sabiamente la literatura de aventuras, pero, también, la literatura de reflexión filosófica novelada sobre temas importantes y constantes en su planteamiento para el ser humano, como son los binomios bien-mal, vida-muerte, bondad-crueldad, o debilidad-fortaleza.
Jack London supo salir indemne de muchas de sus aventuras en territorios hostiles, pero no pudo, o no supo, encontrar salvación para sí mismo. Con sólo 40 años, alcoholizado y horrorizado por los delirios que provoca el alcohol,  y después de calcular la dosis de morfina y atropina que pondrían fin a su vida, murió el 22 de noviembre de 2016, en su lujoso rancho. Su esposa obligó a los médicos que firmaran el certificado de defunción, aduciendo muerte natural. Sólo uno de los galenos accedió a firmarlo, y la duda sobre la causa de su muerte, de si había sido premeditada o accidental, sigue estando vigente.

Había publicado 50 libros, entre los que hay varias obras maestras, y todo hace indicar que su última y definitiva obra fue su propio suicidio, como manifestación de su libertad personal y de su deseo de vivir otra y definitiva experiencia personal y de su particular visión de la vida. Lo hizo en el preciso instante en el que su "vida dejó de ser ávida de vida".  De esta forma fue coherente con una frase dicha por el propio London, como un axioma vital, al afirmar un derecho inalienable del  hombre que define como “el de adelantar el día de su muerte”.

Todo en la vida de London rezumaba desmesura, exceso, contradicción y rechazo a los límites. Eso le llevó hasta la propia muerte a la que, quizás, no quiso esperar y prefirió salir a su encuentro, para enfrentarse a ella, cara a cara, con igual valor y determinación que había vivido. Para él la vida era una lucha constante en la que todo ser humano demuestra lo que vale, sin excusas, sin vacilaciones y sin temor a salir vencido. La mayor derrota para un hombre así, es la incapacidad para enfrentarse al propio destino. Él supo aceptar el suyo hasta las últimas consecuencias. Él supo aceptar el suyo hasta  el último momento y dejó tras de sí una obra como legado al mundo de su talento narrativo y de su propia visión de la vida como la mayor y mejor aventura.

domingo, 31 de julio de 2016

Ernest Hemingway, un escritor que vivió intensamente

Ana Alejandre                                                                             
Ernest Hemingway
Siguiendo con el ciclo de los escritores suicidas, Ernest Miller Hemingway (Oak Park 21 de julio de 1899 - Ketchum, Idaho, 2 de julio de 1961), ocupa un puesto principal.  Su obra es un referente obligado dentro de la literatura norteamericana del siglo XX, por su gran influencia en escritores de generaciones siguientes, debida a su estilo inigualable en el que  la sobriedad y concisión tienen un papel relevante; así como por el retrato que hace de la época en la que vivió  y que abarca más de la mitad del pasado siglo. La mayor parte de la obra de Hemingway fue escrita durante las tres décadas que van desde 1920 a 1950.       
Su primer trabajo fue de periodista en el Kansas City Star, al finalizar los estudios secundarios.  Después, en 1918, se alistó voluntario como conductor de ambulancias, durante la I Guerra Mundial, en la que fue gravemente herido, por lo que regresó a su hogar tres meses más tarde, y cuyas experiencias bélicas le sirvieron de inspiración para su novela Adios a las armas, obra que no fue publicada hasta 1929, A partir de entonces, siguió con su trabajo periodístico y fue en 1921, cuando contrajo matrimonio con Hadley Richardson, con quien marchó a París para trabajar allí como corresponsal extranjero.
En París recibió una gran influencia de los artistas de las distintas vanguardias modernistas que formaban parte de la extensa comunidad de exiliados de diferentes países, a cuyo conjunto se le conoce como la Generación Perdida de la década de los 20. Fue entonces cuando conoció a Pablo Ruíz Picasso, James Joyce, Gertrude Stein y Enrad Pound, entre otros muchos nombres famosos. Su primera novela “Fiesta”la publicó en 1926, que cuenta la historia de un grupo de norteamericanos y británicos, miembros de la llamada "generación perdida", que van y vienen sin rumbo fijo por España y Francia. La crítica considera a esta novela como una de las más logradas estilísticamente de este autor.
Después del fracaso de su primer matrimonio que finalizó en divorcio, en 1927,volvió a  contraer segundas nupcias con Pauline Pfeiffer, después del regreso de Hemingway de España, donde había sido corresponsal de guerra durante la Guerra Civil Española desde marzo de 1937, matrimonio que también terminó en una nueva separación, Su corresponsalía era del North American Newspaper Alliance (NANA), y llegó a España acompañado del cineasta holandés Joris Ivens que estaba rodando la película Tierra de España y le había ofrecido a Hemingway que se hiciera cargo del guión, por el abandono de John Dos Passos, después de que los republicanos hubieran detenido y ejecutado a su amigo Rafael Robles, profesor y traductor español, que había traducido a Dos Passos y con el que mantenía una estrecha amistad desde que se conocieron en Madrid, en 1916. Este luctuoso hecho le hizo cambiar su opinión a Dos Passos sobre la facción republicana. A partir de entonces, hubo un gran distanciamiento entre ambos escritores por acusar Hemingway a Dos Passos de haber abandonado España por cobardía.
En 1929 publicó “Adiós a las armas”, una historia sentimental y con trasfondo bélico, situada espacialmente en Italia durante la guerra, inspirada en sus experiencias durante la I Guerra Mundial como camillero.
Durante su estancia en España estuvo acompañado por  la periodista Martha Gellhorn a la que había conocido en la Navidad de 1936, en Cayo Hueso. El conflicto bélico español le inspiró su novela “Por quién doblan las campanas”, novela publicada en 1940 y que obtuvo un gran éxito de ventas y fue llevada al cine. Después de ello, contrajo su tercer matrimonio, esta vez con Martha, tras un doloroso divorcio de su segunda esposa, Pauline, aunque esta nueva unión también estaba abocada al fracaso. Se separaron años más tarde, cuando conoció a Mary Welsh en Londres, durante la Segunda Guerra Mundial. Hemingway asistió como corresponsal al desembarco de Normandía y a la liberación de París.
Además de sus obras ya mencionadas, publico otros títulos que fueron: “Tres relatos y diez poemas2 (1923), “En nuestro tiempo” (1924) y “Hombres sin mujeres” (1927), que comprende el emblemático relato "Los asesinos". En este cuento se advierte el peculiar estilo de Hemingway que tanto influyó en varias generaciones de escritores. Su técnica narrativa se basa en la utilización de diálogos coros que van creando una atmósfera de suspense implícito, pues los hechos narrados no muestran toda la inquietante realidad que subyace oculta debajo de la mera apariencia. El autor definía esta técnica narrativa con el símil del témpano de hielo que sólo deja visible una pequeña parte de su volumen mientras la mayor permanece oculta bajos las aguas.        
Además del cuento mencionado, escribió otros que también consiguieron una gran aceptación por la crítica y el público como son los títulos: "Un lugar limpio y bien iluminado", "La breve vida feliz de Francis Macomber", "Las nieves del Kilimanjaro", "Colinas como elefantes blancos", "Un gato bajo la lluvia" y muchos más. En los relatos mejores de Hemingway se advierte la presencia de un elemento simbólico muy sutil sobre el que está construida la historia ,a modo de metáfora, que el autor va desarrollando en la realidad narrativa.
En su obra se advierte siempre, como telón de fondo, el enfrentamiento de un héroe moderno con la muerte, aunque sometido a un código de honor, por lo que sus protagonistas siempre son hombres  con una vida dura y peligrosa, como son los boxeadores, soldados, toreros, matones, cazadores y, en general, hombres de acción. Por lo tanto, existe en su obra una evidente nota de romanticismo del siglo XX, en el que se conjugan la acción, el amor, el sentido del honor y del deber, el escepticismo y la nostalgia de aquello que quedó atrás, irremediablemente, como puede ser el tiempo pasado y los seres o lugares ya perdidos
Los temas principales en este escritor son la muerte y el amor y, por ende, las mujeres a las que cataloga sólo en dos grupos: las castradoras y las esclavas del amor. Se le acusó durante muchos años de ser un escritor “machista” por su visión de la relación hombre-mujer, con patrones o roles muy definidos y a los que se podría llamar “tópicos”. También se acuso a Hemingway  de homófobo, misógino y racista.
 Los personajes de sus obras, héroes modernos como ya se ha dicho anteriormente, no son seres que aman el riesgo y la muerte per se, sino que el tipo de vida que llevan es una forma solitaria, pura y genuina, de reconocimiento del valor de la vida y, en algunas ocasiones, la muerte es siempre un sacrificio para salvar otras vidas, hecho que redime la propia muerte. Sin embargo, otros personajes de Hemingway ofrecen el contrapunto de este tipo de héroe moderno, encarnados en el antihéroe, del que sirve de ejemplo su famoso personaje Nick Adams, inspirado en la juventud del propio autor. Este aparece en algunos de sus relatos y sirve de nexo de unión entre esas historias diferentes, pero a las que les confiere un hilo narrativo común que las convierte en diferentes episodios de una misma línea argumental.
 Hemingway, en su obra, refleja la influencia del cuento norteamericano del siglo XIX, pero depura esa raíces literarias, dotándolas de una atmósfera de realismo cotidiano, pero también poético, que tuvo una gran influencia en otros escritores que siguieron, más tarde, el camino trazado por Hemingway, como es el caso de R. Carver, entre otros muchos.
 Además de los relatos, Hemingway fue también autor de muchas novelas que son más conocidas que aquellos, aunque se les considera menos conseguidas desde el punto de vista estilístico. Además de las ya mencionadas, escribió “En tener y no tener” (1937), obra en la que critica ferozmente las injusticias sociales y económicas y que fue la única que escribió en la década de los 30.0
 Publicó “El viejo y el mar”,  en 1952, una de las historias más hermosas y conocidas que se han escrito sobre el mar y la lucha del hombre contra este elemento. Su protagonista es un modesto pescador de la Habana, ciudad en la que vivió y escribió muchos años el propio Hemingway, pero también conoció en ella la lucha contra la Naturaleza exuberante del Caribe, pues era aficionado a la pesca y a la caza que practicaba con asiduidad. Tenía un barco con el que le gustaba salir a  navegar y pescar, al que llamaba Pilar.
 El protagonista, Santiago, aunque todo el mundo le llama El viejo, es un pescador de edad avanzada que no ha conseguido pescar nada en 84 días. Un día muy temprano decide salir a pescar al mar en soledad, donde consigue pescar a un enorme pez espada, con el que sostiene, durante tres días, una esforzada y dura batalla para conseguir pescarlo. Durante ese tiempo, Santiago recuerda su vida, especialmente en los años en los que conseguía, sin mayores dificultades, una gran pesca. Recuerda, también, a Manolín, un joven que le ayudaba a pescar hasta que sus padres le prohibieron que saliera a pescar con  El viejo por la larga racha de mala suerte en la que no conseguía pescar nada. Sin embargo, el chico siempre estaba dispuesto a ayudarlo, pues El viejo erá su maestro y quien le enseñó los secretos de la pesca.
 Santiago, cuando ha conseguido pescar al pez espada, lo ata al lado de su barca y lo intenta llevar hasta el puerto, pensando en lo mucho que podrá valer y en la gran cantidad de personas a las que puede alimentar. Pero, la mala suerte se ha cebado de nuevo en él y unos tiburones, atraídos por la sangre de la presa, siguen al bote y terminan devorando un cuarto de pez espada, aunque El viejo puedo matar a uno de ellos. Los tiburones vuelven al ataque y siguen devorando al pez espada y Santiago consigue matar a otros cinco. Cuando llega la noche ya han comido casi toda la carne del pez espada, del que sólo queda la espina dorsal, la cola y la cabeza. Cuando llega a puerto, deja en la orilla su bote con el resto del pescado, mientras se va a su cabaña a descansar por encontrarse agotado, herido y hambriento. Los pescadores y turistas, al día siguiente, quedan asombrados por la enorme dimensión del pez espada del que sólo quedan las espinas. Manolín, al verlo, siente pena por haberlo dejado pescar solo y le promete acompañarle en el futuro, sin  hacer caso de lo que digan sus padres.
 Por esta novela obtuvo, en 1953, el Premio Pulitzer  y el Premio Nobel de Literatura de dicho año por el conjunto de su obra. Algunos estudiosos consideran a esta novela la culminación de la obra de Hemingway, pues en ella se aúnan el humanismo (en cuanto  a la lucha denodada del protagonista para combatir y ganar a  su mala suerte sin escatimar esfuerzo alguno, sobreponiéndose a todos los infortunios) y la sobriedad estilística. Sin embargo, otros críticos piensan que esta no es la mejor obra de este autor, porque en ella se advierte una cierta intencionalidad didáctica.          
Sin embargo, el final de Hemingway fue paralelo al de muchos de sus protagonistas, como otro héroe moderno más.  Al final de su vida llena de aventuras, cuando se sintió cansado, enfermo y profundamente deprimido, se suicidó como lo hicieron algunos de sus personajes: disparándose con una escopeta de caza, herramienta útil para él, tan aficionado a la caza y al contacto con la Naturaleza.
 En la familia de Hemingway ya había antecedentes. Su padre se suicidó y sus dos hermanos, Leicester y Ursula, también lo hicieron después de morir el escritor; así como, treinta y cinco  años más tarde, lo hizo su nieta, Margaux. Parece ser que todos padecían la enfermedad genética llamada hemocromatosis, que es una incapacidad para metabolizar el hierro, lo que provoca un grave deterioro físico y mental. Además, Hemingway había sido un gran bebedor durante toda su vida, lo que le había acarreado un gran número de problemas médicos.
 Su muerte por suicidio, su vida aventurera y su obra de estilo inigualable, lo convirtieron en un  mito de la literatura norteamericana contemporánea, con resonancia en todo el mundo.
Hemingway había declarado muchas veces que su experiencia periodística le había influido en su obra, tanto estilística como estéticamente. Por ello, siempre escribió frases directas, cortas, contundentes y duras, omitiendo todo aquello que no fuera necesario y no significativo.
 Su estilo no sólo influyó en los novelistas de generaciones siguientes, sino también en los reporteros y corresponsales posteriores que tomaron como referente su forma de hacer periodismo.