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domingo, 29 de abril de 2018

GERARD DE NERVAL

Gerard de Nerval




Continuando con la serie de “Escritores suicidas”, por el nexo trágico y común que tienen quienes decidieron poner, un aciago día, el punto y final a sus vidas por un sinnúmero de razones que no tienen todas que coincidir en cada suicida, aunque siempre es común algunas en esa fatídica decisión motivada, a veces,  por el desencanto, la soledad,  olas adicciones; o bien, los problemas personales, la frustración en sus carreras literarias y esas otras razones íntimas y secretas que no se puede, muchas veces, adivinar porque toda vida tiene siempre sus luces y sombras, y se puede ver las primeras y solo intentar llegar a vislumbrar las segundas.  Estas últimas son, precisamente, las que determinan, en muchos casos, el destino de cada ser humano, aunque en el caso de los suicidas, sea siempre una salida trágica de una vida que puede ser dramática en la intimidad, aunque permanece oculta a las miradas de quienes, después, se preguntan atónitos ¿por qué?

En esta ocasión, nos referimos al escritor francés Gerard de Nerval, poeta que fue ignorado en su época y que la posteridad lo ha consagrado como el principal poeta romántico en su lengua y un precursor relevante de la poesía contemporánea

Gérard de Nerval                
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Gérard Labrunie, verdadero nombre de Gerard de Nerval, nació en París, en 1808. Hijo de un médico, quedó huérfano de madre muy tempranamente, con tan solo dos años de edad, motivo por el que fue a vivir con su tío al pequeño pueblo de Mortefontaine, en los bosques de Valois, cuya estancia en tan idílico lugar le inspiró sus obras Sylvie (1853) y Canciones y leyendas de Valois.  

Regresó a París para vivir con su padre cuando contaba seis años, pero sin dejar de visitar Valois en las vacaciones. Cuando tenía catorce años marchó a París, ciudad en la que vivió de manera bohemia.

Comenzó a estudiar Medicina, pero abandonó dichos estudios. Siempre se sintió atraído por la literatura, por lo que en 1827 comenzó a traducir la obra Fausto de Goethe de forma muy personal y creativa, cuya labor le produjo una fuerte impresión y, desde entonces, su traducción la prefirió al texto original en alemán.

Por la traducción de Fausto, llego a conocer a los escritores como Goethe, junto con Hoffmann y Heine -con este último inició una gran amistad y del que tradujo poemas-, que le influyeron decisivamente. Conoció a Victor Hugo, asistió al estreno de Hernani, obra teatral de Víctor Hugo, estrenada en el Théâtre Français de París, el 25 de febrero de 1830. En dicha obra, su autor narraba la tragedia del bandido aragonés Hernani y su amante Doña Sol. En su estreno se inició la “batalla” que se produjo entre los románticos y los clasicistas. Gerard de Nerval fue uno de los organizadores de la célebre batalla. Dos años después, participó en los motines de 1832 y, por ese motivo de  escándalo público, ingresó en prisión en dos ocasiones.
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Realizó distintas actividades como aprendiz de imprenta, ayudante de notario y otros. Incluso, llegó a escribir varias obras dramáticas en colaboración con Alejandro Dumas, además de iniciar una gran amistad con Théophile Gautier, autor con el  que se reunía en el “club de los hachisianos” (club de los adictos al hachís)  y,  también,  se relacionaba con  Víctor Hugo.

Al haber recibido una herencia de 30.000 francos de oro, de su abuela materna, en 1834. El dinero recibido le permitió viajar a Italia y, cuando volvió a París , en 1835, se instaló en casa del pintor Camille Rogier, que reunía en sus salones el grupo de escritores románticos. Fundó Monde dramatique (Mundo dramático), revista costosa y de calidad en la que gastó todo su capital y lo dejó en la ruina, oir ki qye la vendió en 1836. En esa época se le veía por los lugares públicos vestido como un dandy y, como estaba muy interesado por el mundo del ocultismo, convirtió su casa en un centro de reunión de personajes relacionados con dichas actividades esotéricas.

Se trasladó a Bélgica con Theophile Gautier durante tres meses. Al finalizar el año, comenzó sus actividades periodísticas y firmó, por vez primera, como «Gérard de Nerval» en Le Figaro, nombre que le inspiró una pequeña propiedad de su familia.

Escribió la ópera cómica Piquillo, en 1837, motivo por el que conoció a la actriz y cantante Jenny Colon, de la que se enamoró apasionadamente y de quien se convirtió en un rendido admirador. Ella le inspiró  el personaje que aparece en Sylvie, las primeras de las novelas (nouvelles) que reunió en Las hijas del fuego.Volvió a verla en 1840, dos años antes de la muerte de ella, lo que le causó una gran conmoción.

En el verano de 1838 había viajado por Europa y había llegado a Alemania, que era su destino más soñado, junto a Dumas con quién firmó un contrato, y por Teófilo Gautier que había sido compañero suyo desde la época del liceo. En noviembre de ese año conoció a la pianista Marie Pleyel, en Viena que era discípula de Liszt

Los inicios de sus problemas mentales se pusieron de manifiesto e 1841, cuando le detuvieron desnudo, persiguiendo una estrella que, según decía, le guiaba hacia Oriente, lo que motivó que estuviera internado en la clínica del doctor Blanche, primero de los internamientos que se fueron sucediendo desde entonces, cuando comenzaron las alucinaciones que le acompañaron hasta su muerte.

Al salir de la clínica, su editor le adelantó dinero y con él pudo emprender el viaje a Oriente que era su mayor deseo. Estuvo un año y regresó para escribir Escenas de la vida Oriental (1851), que constituye una obra maestra del periodismo poético.

Posteriormente, tradujo a Heine, a quien había conocido personalmente, y  continuo sus viajes por  varios países de Europa: Bélgica, Holanda, Inglaterra y Alemania. En esa época ya había perdido su casa y no tenía domicilio fijo y carecía de objetos personales y de dinero. Realizó su último viaje a Alemania, país que le fascinaba, y publicó Las quimeras (1854), una serie de sonetos herméticos con los que consiguió ser considerado el precursor de Mallarmé y del simbolismo, cuya obra se convirtió en uno de los libros favoritos de los surrealistas más de cincuenta años después.

Los últimos años de su vida fueron los más prolíficos literariamente; aunque sufrió nuevos episodios psicóticos y fue internado por ese motivo.  Su colección de novelas cortas fue publicada en 1854, con el título de Las hijas del fuego, que incluía el relato Sylvie, anteriormente citado, de estilo clásico y temática genuinamente romántica. Publicó Aurelia o el sueño y la vida, en 1855, que mezclaba sueño y realidad y está considerada como una de las obras precursoras de la literatura moderna.

Si embargo, la muerte esperaba a Gerard de Nerval en el invierno de 1855. Un frío amanecer, un borracho encontró el cadáver de Nerval cubierto de nieve en el callejón de La Vielle-Lanterna (La vieja farola) ahorcado con su propio cinturón. Encontraron en sus bolsillos las últimas páginas de Aurelia, considerada su obra maestra, y que se publicaría póstumamente en ese mismo año, junto con las excelentes crónicas de La bohemia galante.

Ninguno de sus amigos aceptaba la teoría del suicidio, a pesar de las evidencias que así lo demostraban, pues afirmaban que Narval tenía proyectado un viaje a Grecia y que nadie se ahorcaría con el sombrero puesto. Sin embargo, el fallecido había dejado a su tía con la que vivía, una nota en la que le decía, en una evidente premonición de que la muerte le esperaba en una cita que sabía ineludible: “No me esperes esta tarde, porque la noche será negra y blanca”.

Tan negra como veía su propio futuro acosado por sus demonios interiores, y blanca por la fría nieve y la luz que, intuía, lo esperaba detrás del túnel, en el último tránsito a la otra orilla de la que ya no hay retorno, ni sufrimiento, ni dolor.


martes, 22 de agosto de 2017

Jack London
Jack London y el enigma de su suicidio.


En la serie de escritores suicidas no podía faltar Jack London, aunque la veracidad de que se suicidó está en duda, pues no hay pruebas concluyentes, pero también faltan las que prueben que murió por muerte natural o accidental. Todo ello lleva a pensar a muchos estudiosos de su obra a afirmar que se suicidó por los muchos problemas, especialmente de salud, económicos y sentimentales que sufría en sus últimos años, poniendo así fin a una vida en la que abundaron sus excesos, sus aventuras y el no respetar los límites.

Jack London fue otro de los escritores que dedicaron parte de su obra al mar y a las aventuras que la vida en él supone, es Jack London, escritor de novelas y relatos, uno de los más importantes de la literatura universal, que ofrece a lo largo de su obra la constante lucha del hombre por sobrevivir en plena Naturaleza, sometido a sus duras leyes, y en cuya lucha el hombre saca lo mejor o peor de sí mismo, para poder sobreponerse al frío, al hambre, al sol abrasador, a los fenómenos naturales y al encuentro con hombres y fieras con los que medirse.

Antes de continuar, habría que determinar quién fue Jack London desde el punto de vista de su biografía compuesta de datos cronológicos y espaciales, para entrar, después, en lo relativo a su amplia obra.

Jack London, cuyo verdadero nombre era John Griffith, nació en San Francisco (California), el 12 de enero de 1876. Hijo de un astrólogo ambulante, al que la madre del escritor abandonó, poco después de su nacimiento. Se crió al lado de su padrastro, un droguero de Oakland, llamado John London, de ahí el apellido adoptado por el escritor que usaría en su carrera literaria y que fue lo único que recibió de su padrastro, ya que éste le obligó a trabajar siendo  todavía adolescente, lo que llevó al escritor a abandonar el hogar familiar para embarcarse en su primer barco,  entre otros muchos de su vida como hombre de mar.

Todavía en  plena adolescencia, adoptó el hombre de Jack. Realizó trabajos varios y todos ellos duros: pescador furtivo de ostras en la Bahía de San Francisco, navegó por el Pacífico en un barco dedicado a la caza de focas; se alistó al ejército de Kelly, formado por desempleados; formó parte de una patrulla marítima deteniendo a furtivos; vagabundeó por todo el país y, a los 19 años, regresó al hogar familiar para estudiar en el instituto. Fue en esa etapa de estudiante cuando contactó con los grupos socialistas y fue conocido como el chico Socialista de Oakland por su constante oratoria callejera. Fue candidato socialista en varias ocasiones para la alcaldía, aunque fracasó en todas ellas.

Fue en 1897cuando London se embarcó rumbo a Alaska en busca de oro, pero después de muchas y arriesgadas aventuras volvió al hogar familiar enfermo y sintiéndose fracasado. Fue en la etapa de convalecencia cuando decidió dedicarse a la literatura para escribir novelas inspiradas en sus propias aventuras. Para ello, inició una etapa de formación intelectual, leyendo a autores tan dispares como (Kipling, Poe, Darwin, Stevenson, Malthus, Marx, Spencer,  y, sobre todo, la filosofía de Nietzsche), lo que hizo de London una extraña e ingenua mezcla de socialista y fascista, aunque parezca contradictorio –y lo es-, seguidor del evolucionismo de Darwin y siempre manteniendo incólume su espíritu aventurero.

En su imaginario destacaba el principio de lucha por la vida y de la supervivencia de los más fuertes, además de las doctrinas del superhombre, influido por sus lecturas de Nietzsche, así como un evidente racismo que le llevaba a proclamar la superioridad de la “raza anglosajona” sobre todas las demás, lo que después harían los nazis con respecto a los alemanes,  a quienes consideraban arios puros, siguiendo el pensamiento de Nietzsche, también, además de su rechazo hacia los judíos. El ideario de London también tiene extremas convicciones racistas, aún más intensas que las de Kipling, autor al que leía ávidamente. Si la lectura de “El manifiesto comunista” de Karl Marx, fue decisivo para su conversión al socialismo, fueron las lecturas de Kipling las que le hicieron aceptar el racismo como parte de su ideario, en una constante contradicción que era consustancial a su carácter. Se puede definir a London como un hombre de acción, apasionado, vitalista, contradictorio, pero también como un hombre que, sin ser un intelectual, intuyó que la literatura era su única vía de redención de todos sus excesos.

A esa conclusión lo llevó su azarosa vida a la que, sabía, le iba a ser imposible renunciar para dedicarse sólo a la vida solitaria de un escritor. Su destino parecía estar escrito por su propia naturaleza de hombre con físico de atleta aunque de mediana estatura, y con un cuerpo apropiado y hecho para la lucha. Sus ideas socialistas las mantuvo hasta su muerte y su radicalismo literario también, aunque entraban muchas veces en contradicción con su estilo de vida en el que el azar, la aventura y los excesos, tanto alcohólicos como sexuales, formaban parte de su personalidad, en la que no cabía la contención ni las medias tintas. Todo en él era excesivo, desbordado, incontrolable y, al mismo tiempo, con la llama de su pasión vital  siempre encendida, entusiasta de las experiencias vividas en plena naturaleza, por su indomable sentido de la libertad personal que le hacía buscar constantemente nuevos lugares de exploración de su curiosidad insaciable, de su deseo de vivir sin cortapisas. Lo intenta hacer todo: hacerse granjero en EE.UU, porque no le son suficientes los espacios interminables de Alaska, del río Yukón, de las nieves perpetuas donde moran lobos y perros, acompañando a seres humanos muy parecidos entre sí, en lo bueno y en lo malo. Esa constante búsqueda de nuevas experiencias lo llevará a construir barcos de vela para navegar por Hawai y sus islas, etapa ésta que es la más creativa y loca de su vida.

Pero al mismo tiempo que crece su prestigio en todo el mundo, aumentan también sus excesos que se traducían en continuas juergas con amigos y mujeres que duraban semanas;  lo que, unido a sus inversiones desastrosas por su falta de conocimiento del mundo empresarial, lo van abocando a la ruina y al deterioro físico más evidente.

Ese deseo inextinguible de vivir nuevas experiencias le hace embarcarse en negocios ruinosos: comunas, fábricas, grandes extensiones de terreno para criar centenares de cabezas de ganado o crear exóticas plantaciones. Todo es un completo fracaso, incluso el castillo que quería construir y que el fuego devoró en un incendio pavoroso que podía tener como causa alguna de las muchas juergas de London y sus amigos que celebraran en dicho recinto. A pesar de sus ruinosos negocios, sigue siendo un gran escritor que dedicaba las primeras horas de la mañana para escribir sin desmayo sus narraciones que le dan fama universal y montañas de dinero que dilapida con la misma rapidez que las gana.

Las revistas empiezan a publicar sus relatos a partir de 1899, pero siguió siendo un escritor prácticamente desconocido. En 1900 publicó una colección de relatos que lleva el título “El hijo del lobo”, que le proporcionó un gran éxito popular. Pero fue la publicación de su primera novela “La llamada de la selva”, que data de 1903, obra dedicada al emotivo recuerdo de los perros que conoció en sus aventuras de buscador de oro en Alaska, la que le lanzó a la fama. De ese mismo año  es, también, El pueblo del abismo. Después, publicó El lobo de mar (1904), y terminó convirtiéndose en uno de los autores más conocidos y con mayores ventas de libros de Estados Unidos. Entre sus principales obras, también, se cuentan Colmillo blanco (1906), un relato sobre la prevalencia de los más fuertes; El talón de hierro (1908), fábula futurista, lúcida y premonitoria de los fascismos que no tardarían en surgir, en la que describe los entresijos de un estado totalitario moderno; Martin Eden (1909),  obra en la que destaca su cariz autobiográfico, y que escribió a bordo de un lujoso yate que se hizo construir; y El vagabundo de las estrellas (1915), una serie de historias  con el nexo común de la reencarnación y las infinitas posibilidades que ofrece la imaginación  y la capacidad de soñar del ser humano.

Fue en el transcurso de este corto plazo de quince años, cuando se convirtió en un escritor de “best –sellers”, pero era menospreciado por la crítica que sólo le reconocía un “talento natural para la narración”, pero no lo consideraba un escritor merecedor de estar en la historia de la literatura; sólo lo comparaban con las figuras de Julio Verne, Emilio Salgari o Zane Grey, es decir, escritores de narrativa destinada al público juvenil, aunque era el escritor mejor pagado de los Estados Unidos, por entonces. Su éxito despierta envidia y desprecio en los escritores y críticos “puristas”.

La obra  más importante de Jack London se desarrolla en la frontera de Alaska, territorio en el que se puede vivir bajo las duras leyes de la Naturaleza y la del ser humano que queda a merced de sus propios y bajos instintos casi salvajes.

Obra marítima de Jack London

Por ello, buena parte de su literatura tiene un escenario muy distinto y lejano del anterior, ya que se desarrolla en los lejanos y exóticos Mares del Sur
Sus relatos del mar  reflejan su visión del mundo marítimo al que define como un medio en el que se mezclan la belleza, la dureza y la violencia necesaria para sobrevivir en él.
.La más importante  y conocida obra marítima de Jack London es  “El lobo de mar” (1904), una de sus primeras obras, como ya se expuso anteriormente. La novela  narra la experiencia de un intelectual de clase acomodada, Humphrey Van Weyden, quien sufre un naufragio en la bahía de San Francisco y es rescatado por una goleta foquera, al mando del capitán Lobo Larsen. Este, rehúye llevar a tierra al protagonista, lo que le obliga a trabajar en el barco para sobrevivir varios meses en condiciones extremas de dureza, hasta que finalice la campaña de caza de focas.
Se nota en esta novela, especialmente en su inicio, la influencia de las muchas lecturas de Kipling que hizo London, ya que aparecen ciertas similitudes en la primera parte con la novela “Capitanes intrépidos” de aquel, que también narra una situación similar: la de un hombre con una gran fortuna que es rescatado por un barco, en el que se siente obligado a trabajar duramente, lo que le hace reflexionar sobre su anterior vida en un mundo tan lejano y diferente al que lo rodea en el barco, y a las relaciones humanas que mantenía en su mundo exclusivo y elitista. A partir de ese inicio o planteamiento de la narración, desaparece la similitud con dicha obra que es mucho más optimista en su desarrollo y desenlace que la obra de London, ya que éste muestra a las claras y sin ambages la crueldad, la dureza y la inhumanidad de la vida en el barco foquero, encarnadas en su capitán, el cruel y temible Lobo Larsen, que es el verdadero protagonista de la novela, aunque aparentemente y en teoría, debería serlo Humphrey Van Weyden, el náufrago rescatado por aquél.
Estos dos personajes son la encarnación de dos filosofías vitales distintas y encontradas. Larsen viene a representar la teoría del superhombre de Nietzsche –otro autor tan leído e influyente en la vida y obra de Jack London-, en cuanto que representa al hombre brutal, egoísta, amoral, aunque también es inteligente, instruido y físicamente muy bien dotado, pero sus dones se vieron limitados por su oscuro origen social que le ha marcado y limitado en sus logros. Por el contrario, Van Weyden representa el polo opuesto, es decir, el idealismo, la vida intelectual sin asomo de esfuerzo físico, la vida acomodada y sin dificultades materiales y, sobre todo, las creencias cristianas en la supervivencia espiritual después de la muerte y la confianza en la bondad intrínseca del ser humano que las duras experiencias vividas en el barco le niegan. En esta relación entre ambos,  hay quienes ven ciertos matices de una supuesta atracción erótica homosexual.
Ambos hombres, a pesar de sus diferencias personales tan acusadas, comparten, sin embargo, largos ratos de charla, en los que hablan especialmente de literatura y filosofía y, sobre todo, discuten de esos temas. Todo ello se incardina en una narración en la que abundan sucesos violentos en el barco, desde las tormentas en alta mar, hasta los naufragios; y desde los motines hasta los asesinatos, producidos en las violentas peleas, cuando no las huídas y persecuciones.

 Y como personaje insólito en la novela, está la figura de una mujer llegada a bordo que pone a prueba a los dos hombres y  pone en evidencia lo peor y mejor de ambos como contraste. Incluso, se advierte en esta novela una obsesión por el ideal de masculinidad que tiene gran parte de los escritores norteamericanos y que no podía faltar en London, y de la que se hicieron eco, también escritores posteriores como Hemingway y Kerouac, este último muy influenciado por London y  que sería, años más tarde, el símbolo de una generación con deseos de libertad y aventuras; además de Hemingway que, también, fue otro mito para la generación Beat,  cuyos miembros estaban siempre a la búsqueda de nuevos horizontes vitales.

Esta novela, “El lobo de mar” mezcla sabiamente la literatura de aventuras, pero, también, la literatura de reflexión filosófica sobre temas importantes, y constantes en su planteamiento, para el ser humano como son los binomios bien-mal, vida-muerte, bondad-crueldad, o debilidad-fortaleza.

Jack London supo salir indemne de muchas de sus aventuras en territorios hostiles, pero no pudo, o no supo, encontrar salvación para sí mismo. Con sólo 40 años, alcoholizado y horrorizado por los delirios que provoca el alcohol,  y después de calcular la dosis de morfina y atropina que pondrían fin a su vida, murió el 22 de noviembre de 2016, en su lujoso rancho. Su esposa obligó a los médicos que firmaran el certificado de defunción, aduciendo muerte natural, por la uremia que padecía. Sólo uno de los galenos accedió a firmarlo, y la duda sobre la causa de su muerte, de si había sido premeditada o accidental, sigue estando vigente. Dichos opiáceos los tomaba diariamente para combatir los fuertes dolores que sufría por la uremia que padecía, aunque en sus biografías al uso se describe la causa de su muerte como suicidio. Sin embargo, han aparecido documentos fehacientes posteriores que ponen en duda tal suicidio y cambian la imagen que de London se tiene como un alcohólico y mujeriego sin remisión.

Jack London había publicado 50 libros, entre los que hay varias obras maestras, y todo hace indicar que su última y definitiva obra fue su propio suicidio –ahora tan controvertido-, como manifestación de su libertad personal y de su deseo de vivir otra y definitiva experiencia personal, fruto de su particular visión de la vida. Lo hizo en el preciso instante en el que su vida " dejó de ser ávida de vida".  De esta forma, fue coherente con su pensamiento, sintetizado en una frase dicha por el propio London, como un axioma vital, al afirmar un derecho inalienable del  hombre que define como “el de adelantar el día de su muerte”.

Todo en la vida de London rezumaba desmesura, exceso, contradicción y rechazo a los límites. Eso le llevó hasta la propia muerte a la que, quizás, no quiso esperar y prefirió salir a su encuentro, para enfrentarse a ella, cara a cara, con igual valor y determinación que había vivido. Para él la vida era una lucha constante en la que todo ser humano demuestra lo que vale, sin excusas, sin vacilaciones y sin temor a salir vencido. La mayor derrota para un hombre así, es la incapacidad para enfrentarse al propio destino. Él supo aceptar el suyo hasta  el último momento y dejó tras de sí una obra como legado al mundo de su excepcional talento narrativo y de su propia visión de la vida como la mayor y mejor aventura.