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domingo, 24 de agosto de 2014

Sylvia Plath

         Si en la actualización anterior hablaba de Anne Sexton, poetisa norteamericana, en
Sylvia Plath, poetisa norteamericana
esta ocasión se trata de de Sylvia Plath, amiga íntima de ésta última, colega suya y que también cultivó la llamada poesía del confesionismo,  además de ser otra escritora suicida que se suma a la larga lista de aquellos escritores que decidieron un día poner fin a sus vidas, por uno u otro motivo.



            Sylvia Plath, una vida desafortunada.


            Nacida en el barrio de Jamaica Plain, de  Boston,  EE.UU., el 27 de octubre de 1932. Hija de un profesor de universidad, considerado un experto en el área de la entomología que falleció en 1940, cuando Sylvia contaba sólo ocho años, muerte que la traumatizó.
            Desde muy pequeña, Silvia demostró sus capacidades poéticas, escribiendo a los 8 años su primer poema. Al fallecimiento de su padre siguió con su actividad poética, publicando poemas y cuentos en varias revistas estadounidenses lo que le proporcionó una cierta popularidad.
            Su inestabilidad nerviosa la llevó a cometer su primer intento de suicidio cuando era estudiante en la Universidad Smith College (Massachusetts). De su afección psicológica fue tratada en el Hospital McLean. Tras el tratamiento recibido tuvo una evidente mejoría y pudo graduarse con honores académicos en 1955.
            Marchó a la Universidad de Cambridge, después de obtener una beca Fulbright, y allí continuó con su actividad de creación poética, publicando ocasionalmente sus trabajos en la publicación universitaria Varsity. En dicha Universidad conoció al que sería después su marido, el poeta inglés Ted Hughes, con el que contrajo matrimonio el 16 de junio de 1956.
            El matrimonio se instaló en Massachusetts (Estados Unidos) en 1957, y residieron allí durante más de dos años, en los que Sylvia Plath daba clases en el Smith College. Más tarde se instalaron en Boston, ciudad en la que Silvia participó en los seminarios impartidos por Robert Lowell, en los que conoció a Anne Sexton y que tuvieron una fuerte influencia en su obra.
            El matrimonio volvió al Reino Unido al saber que Silvia estaba embarazada, residiendo primero en Londres y, más tarde, se instalaron en Nort Tawton, una pequeña localidad en Devon. Fue allí donde publicó su primer poemario titulado El coloso, en 1960. El embarazo no llegó a su fin, pues abortó en febrero de 1961, tema al que se refieren algunos de sus poemas posteriores. El matrimonio entró en crisis y se separó provisionalmente durante menos de dos años después de tener su primer hijo, por la infidelidad de Hughes con la poetisa Assia Wevill, aunque también la influencia de Olwyn Hughes, hermana de Hughes, parece que fue decisiva.
            A raíz de su separación, Silvia volvió a Londres con sus dos hijos, instalándose en un piso en el que había vivido el famoso poeta W.B. Yeats, cuestión ésta que la fascinaba y que le parecía un excelente augurio en pleno proceso de divorcio.
            La separación matrimonial y sus secuelas la desestabilizaron aún más, por lo que el invierno de 1962 fue especialmente duro para su frágil situación anímica. El 11 de febrero de 1963, sola, desesperada y con escasos recursos económicos, se suicidó asfixiándose en el horno de la cocina, encendiendo el gas, aunque se preocupó de que a sus pequeños hijos no les sucediera nada, tapando todas las rendijas para que no les llegara el gas letal mientras dormían. Sus restos fueron enterrados en el cementerio de Heptonstall, West Yorshire.
            A pesar de que su inestabilidad mental y nerviosa parecía provenir de la muerte de su padre de la que nunca se recuperó, sin embargo todo apunta a que padecía realmente un problema mental tan grave como es el trastorno bipolar que en la actualidad se trata con éxito con la farmacopea.
            La tragedia parecía no haber terminado con su muerte, porque su hijo, Nicholas Hughes Plath, fue siempre introvertido y solitario, maníaco depresivo  que nunca se casó ni tuvo hijos, por lo que buscó una vida retirada como profesor en la Universidad de Alaska Fairbanks, siguiendo la trágica senda suicida de su madre, puso fin a su vida, el 16 de marzo de 2009, en Alaska, poniendo así en evidencia la triste fatalidad biológica heredada.
            Sylvia Plath y Anne Sexton, son dos mujeres reconocidas como las principales exponentes de la poesía confesional, movimiento literario que iniciaron Robert Lowell y W.D. Snodgrass.
            La obra de Sylvia fue editada a su muerte por su ex marido, Ted Hughes, que se encargó de supervisar y editar sus manuscritos, aunque destruyó el último volumen del diario de Plath que hablaba del tiempo que pasaron juntos, lo que le mereció muchas críticas, especialmente desde el sector feminista.
            En la última recopilación que realizó Hughes de los poemas de Plath, con el título de Cartas de cumpleaños, éste rompe su silencio sobre su ex mujer y habla con absoluta franqueza, aunque lo hace sin un ápice de disculpa por sus opiniones. Hay que destacar las continuas controversias que ha suscitado la posible influencia de Hughes en la obra de su esposa, por el que mantuvo siempre una gran admiración como poeta, incluso después del divorcio.
            En toda la obra de Plath, tanto en El Coloso (1960), como en Ariel (1965) su mejor poemario que parece decantarse aún más hacia el confesionismo, se percibe un estilo personalísimo y muy cuidado, además de su poesía posterior muestra su obsesión por la muerte y un acusado ensimismamiento. En su novela, La campana de cristal (1963), publicada con el pseudónimo de Victoria Lewis, y protagonizada por la joven Esther Greenwood,  alter ego de Sylvia Plath, a través del monólogo interior realiza una sincera descripción de  la depresión y el declive psicológico, y que por ser una obra semi-autobiográfica, indica que  dichos trastornos psicológicos parecen provenir de la temprana muerte de su padre que nunca superó y también fue alimentada por los múltiples desengaños y su sempiterna mala relación con  los hombres. Aunque dicha obra es una novela, tiene un ritmo poético y una carga de doloroso cinismo que no deja indiferente.
            En 1982, se le otorgó el Premio Pulitzer póstumo por  sus Poemas completos.
            La escritora  Sylvia Plath tuvo un reconocimiento que la mujer no consiguió nunca en su vida personal. Como su amiga Anne Sexton, con la que hablaba continuamente del suicidio como una posibilidad que tentaba a ambas, y que siempre estuvieron marcadas por la temprana muerte de sus progenitores que las dejó al borde del colapso nervioso, trauma que nunca superaron ninguna de las dos y que arrastraron en sus continuas depresiones y crisis nerviosas, acrecentadas por su fracaso como esposas y madres, en sus vidas de mujeres que querían ser reconocidas en los planos profesionales y personales, consiguiendo sólo en el primero el éxito que en el segundo se les negaba, en una sociedad tan sumamente clasista y conservadora como era en la que vivían y que terminó por asfixiarlas con sus convenciones, prejuicios, tabúes y, especialmente, con la incomprensión de los hombres que fueron sus compañeros y maridos que terminaron por abandonarlas después de haberlas humillados con sus infidelidades.
            Cuando ambas eligieron el gas como arma letal -Anne Sexton encendiendo el motor del coche dentro del garaje cerrado, y Sylvia Plath metiendo la cabeza en el horno de la cocina-, ya estaban muertas anteriormente, de soledad, desamor y abandono. El gas sólo fue el anestésico para tanto dolor e impotencia que puso fin a unas vidas en las que todo parecía invitarlas a morir, entre los aplausos de sus lectores y la indiferencia de quienes, los más íntimos, no supieron comprender el enorme caudal de creatividad, imaginación y belleza que ambas tenían y que terminó por asfixiarlas al ver el contraste que sus pobres vidas personales les ofrecían.


sábado, 23 de agosto de 2014

Obra de Sylvia Plat

Sylvia Plath

 Poesía                                                                                                                    

El coloso (1960)
Ariel (1965)
Tres mujeres (1968)
Cruzando el océano (1971)
Árboles de invierno (1971)
Poemas completos  (1981)

Obra en prosa:

 La campana de cristal (The Bell Jar) (1963), publicado con el pseudónimo de "Victoria Lewis".
Cartas a casa (Letters home) (1975), enviadas a su madre y editadas por la misma.
Johnny Panic y la Biblia de sueños (Johnny Panic and the Bible of Dreams) (1977)
Los diarios de Sylvia Plath (The Journals of Sylvia Plath) (1982)
 The magic mirror (El espejo mágico) (1989), la tesis para Smith College.

            Obras  para niños
The Red Book (1976)
Mrs. Cherry's Kitchen (2001)


Poemas de Sylvia Plath

Carta de amor

Sylvia Plath, poeta

No es fácil expresar lo que has cambiado.
Si ahora estoy viva entonces muerta he estado,
aunque, como una piedra, sin saberlo,
quieta en mi sitio, mi hábito siguiendo.
No me moviste un ápice, tampoco
me dejaste hacia el cielo alzar los ojos
en paz, sin esperanza, por supuesto,
de asir los astros o el azul con ellos.

No fue eso. Dormí: una serpiente
como una roca entre las rocas hiende
el intervalo del invierno blanco,
cual mis vecinos, nunca disfrutando
del millón de mejillas cinceladas
que a cada instante para fundir se alzan
las mías de basalto. Como ángeles
que lloran por la gente tonta hacen
lágrimas que se congelan. Los muertos
tenían yelmos helados. No les creo.

Me dormí como un dedo curvo yace.
Lo primero que vi fue puro aire
y gotas que se alzaban de un rocío
límpidas como espíritus. y miro
densas y mudas piedras en tomo a mí,
sin comprender. Reluzco y me deshojo
como mica que a sí misma se escancie,
igual que un líquido entre patas de ave,
entre tallos de planta. Mas no pienses
que me engañaste, eras transparente.

Árbol y piedra nítidos, sin sombras.
Mi dedo, cual cristal de luz sonora.
Yo florecía como rama en marzo:
una pierna y un brazo y otro brazo.
De piedra a nube iba yo ascendiendo.
A una especie de dios ya me asemejo,
hiende el aire la veste de mi alma
cual pura hoja de hielo. Es una dádiva.

Escayola
¡Nunca me liberaré de esto! Ahora soy dos personas:
ésta, completamente blanca, y la antigua, amarilla,
y la blanca es, sin duda, la más importante.
No necesita alimentos, es, ciertamente, uno de los santos
indudables. Al principio la odiaba, carecía de lógica propia.
Se pasaba los días en la cama conmigo, igual que un cadáver,
y yo me asustaba, pues su forma era idéntica a la mía,

aunque mucho más blanca, e irrompible, y jamás se quejaba.
Era tan fría que me tuvo despierta una semana.
Yo le echaba la culpa de todo, pero ella jamás respondía.
¡Qué ridícula conducta, yo no la entendía! Pero ella
guardaba silencio. La pegaba, pero no se movía,
pacifista sincera, y entonces me dije que deseaba mi amor:
comenzó a ser más cálida, y vi entonces sus muchas virtudes.

Sin mí no existiría, por eso me mostraba cariño.
Yo le daba alma, florecía de ella cual rosa
florece de un jarrón de porcelana barata,
era yo quien brillaba, no ella con su pulcra blancura,
como había pensado al principio. Yo entonces
la protegía un poco y ella estaba encantada, era claro
que su mente de esclava la regía.

Yo aceptaba su culto y a ella le encantaba.
Matinal, despertábame del sol al reflejo. En su torso
sorprendentemente albo lucía su pulcra
nitidez, y su calma y su dura paciencia:
mimaba mis debilidades como experta enfermera,
poniendo mis huesos en su sitio, para que se curasen.
Y, así, nuestro vínculo se volvió más firme.

Fue dejando de venirme tan justa, empezó a separárseme.
Yo notaba sus críticas a pesar de mí misma,
como si mis costumbres la ofendiesen de alguna manera.
Dejaba pasar las corrientes y volvióse distraída y lejana.
Y la piel me escocía y se me iba pedazo a pedazo
sólo porque ella me cuidaba con tanto desvío.
Vi por fin el misterio: se creía inmortal.

Quería dejarme, se pensaba superior a mí en todo.
¡Y yo que la tenía a oscuras, apilando rencores,
malgastando sus días al servicio de un semicadáver!
En secreto empezó a desearme la muerte. Y entonces
podría cubrirme la boca y los ojos, del todo cubrirme,
y llevar mi rostro pintado como funda de momia
con la faz faraónica, aunque fuera de barro y de agua.

Y yo no podía arrojarla de mí, se apoyaba
en mí tanto tiempo que me estaba volviendo inmóvil,
habiendo olvidado la manera de andar o sentarme,
por eso cuidaba yo mucho de nunca ofenderla
o jactarme imprudente de mi cierta venganza.
Esta convivencia era igual que vivir con mi tumba:
yo dependía de ella, aunque muy contra mi voluntad.
Solía pensar que podríamos vivir muy bien juntas,
tan unidas estábamos que pudieran pensarnos casadas.
Pero ahora comprendo que no compartíamos, que ella
sería una santa y yo fea e hirsuta, más tarde o temprano
tales diferencias caerían inanes, pues yo recobraba mi fuerza
y un día podría vivir sin su apoyo y entonces
su cáscara huera y muriente lloraría mi ausencia.

Espejo

Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.
Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.
No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.
En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto hace que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Rostros y oscuridad nos separan

sin cesar. Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.
Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja
Soy vertical

Mejor querría ser horizontal.
No soy un árbol con raíces hondas
en tierra, sorbiendo minerales y amor materno,
refloreciendo así de marzo en marzo,
reluciente, ni orgullo de parterre
blanco de admirativos gritos, muy repintado,
y a punto, ignaro, de perder sus pétalos.
Comparado conmigo es inmortal
el árbol, y las flores más audaces:
querría la edad del uno, la temeridad de las otras.

Esta noche, en luz infinitésima
de estrellas, árboles y flores
han esparcido su frescura aulente.
Yo entre ellos me paseo, no me ven, cuando duermo
a veces pienso que me les hermano
más que nunca: mi mente descaece.
Resulta más normal, echada. El cielo
y yo trabamos conversación abierta, así seré
más útil cuando por fin me una con la tierra.
Árbol y flor me tocarán, veránme.

Suceso

¡Cómo los elementos se endurecen!
La luz lunar, la peña como tiza,
en cuyo seno blanco ahora yacemos

espalda contra espalda. Oigo un búho
chillar desde su frío añil vocales
que en mi corazón entran insufribles.

El niño, en cuna blanca, se estremece,
suspira, abre la boca, pide algo.
Su rostro está esculpido en rojo y pena.

Y luego las estrellas: duras, arduas
de arrancar. Toco: duéleme y me quema.
No puedo ver tus ojos. Donde enfría

la noche la manzana en flor yo ando,
circular, en mi cauce hondo y amargo
de errores viejos. El amor no puede

venir aquí. Se muestra un negro abismo
en el opuesto labio.
Un alma blanca

y pequeña me llama, un blanco, mínimo
gusano. Abandonáronme mis miembros,
¿quién nos ha desmembrado? Nos tocamos
como tullidos. La oscuridad fúndese.

Últimas palabras

No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago
de atigradas listas y un rostro pintado, redondo
como la luna, que mire, quiero
estar mirándolo cuando lleguen, escogiendo
entre minerales mudos, raíces. Véolos
ya: los pálidos, astralmente distantes rostros.
Ahora no son nada, no son siquiera criaturas.
Imagínolos huérfanos, como los primeros dioses,
de padre y madre, se preguntarán si tuve importancia
¡Debí haber preservado mis días, como frutos, en azúcar!
Mi espejo se empaña:
unos pocos hálitos, y no reflejará ya nada.
Las flores y los rostros blanqueantes cual sábanas.

No confío en el espíritu. Huye como vapor en mis sueños,
por la boca o los ojos. No puedo impedírselo.
Un día se irá para no volver. Así no son las cosas.
Permanecen, sus luces idóneas se calientan
en mis manos frecuentes. Ronronean casi.
Cuando se enfrían las suelas de mis pies, los ojos azules,
mi turquesa, me darán solaz. Déjame
mis cacharros de cobre, déjame los cacharros de afeites,
que florezcan en torno a mí como flores nocturnas, aulentes.
Me envolverán en vendas, almacenarán mi corazón
bajo mis pies, bien envuelto.
Conoceréme a mí misma. Seré noche
y el relucir de tantas cosas será más dulce que el rostro de Istar.

Una vida

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejadla en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.
Viuda

Viuda. Palabra que se autoconsume:
cuerpo, hoja de periódico en el fuego,
por el aire un instante sostenida
sobre la geografía roja y cálida
que arrancará su corazón cual ojo.

Viuda. Sílaba muerta, con su sombra
de un eco, abre el resorte en el tabique
del pasado secreto: aire gastado,
recuerdos fétidos, escalinatas
mecánicas que a ningún sitio conducen...

Viuda. La amarga araña se sienta
en el centro de sus ejes resecos.
La muerte es su vestido, gorro, cuello.
El rostro del marido, blanco, inválido,
la cerca como a presa que con gusto

de nuevo mataría, verle cerca
cual rostro de papel contra su pecho,
como sus cartas conservar solía
tornándolas piel nueva, viva y cálida,
pero ahora ella es papel, y fría siempre.

Viuda: ¡estado vacío y grande! Llena
de aire traidor está la voz divina,
los arduos astros fáciles promete,
y el espacio inmortal entre los astros,
no cadáveres, flechas hacia el cielo.

Viuda, inclínanse árboles piadosos,
árboles de dolor y soledades.
Como sombras en torno al verde campo
o incluso como bocas negras ciérnense.
La viuda les semeja, es una sombra.

Las manos bien cogidas, nada en ellas.
Alma sin cuerpo que otra alma pide
en este aire sereno y no lo nota:
un alma frágil como el humo entra
en otra sin saber por dónde pasa.

Es éste su temor: es el temor
de que su alma late aún y late sorda
como el ángel mariano, cual paloma
contra un cristal a todo ciega, menos
al hueco hoyo que mira y mirar debe. 

Poemas de "Cruzando el océano" (1971)
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 Aparición
La sonrisa de las neveras me aniquila.
¡Qué corrientes por las venas de mi amada!
Oigo ronronear su gran corazón.

Conjunciones y signos de porcentaje
exhalan sus labios, como besos.
En su mente hoy es lunes: la moral

se lava y se presenta ante mis ojos.
¿Cómo interpretar tales contradicciones?
Llevo puños blancos, me inclino.

O sea: ¿es amor esta roja tela
que fluye de la acerina aguja y vuela tan cegadoramente?
Con ella haré vestiditos y abrigos,

y vestiré a una dinastía entera.
Cómo se abre y ciérrase su cuerpo:
¡un reloj suizo, y con rubíes en los goznes!

¡Ay, corazón, qué desbarajuste!
Las estrellas pasan centelleantes como agoreros números.
ABC, dicen sus párpados.
 
Gigolo

Reloj de bolsillo, bien tictaqueo.
Las calles, reptíleas rendijas,
a plomo, con huecos donde esconderse.
La mejor cita, un callejón sin salida,

un palacio de terciopelo
con ventanas de espejos.
Allí se está segura,
sin fotos familiares,

sin anillos nasales, sin gritos.
Relucientes anzuelos, sonrisas de mujeres
hambrean mi volumen
y yo, elegantona con mis calzas negras,

desmenuzo pechos como medusas.
Para nutrir
violonchélicos gemidos como huevos:
huevos y pescado, lo básico,

el calamar afrodisíaco.
Mi boca ríndese,
la boca de Cristo
cuando mi motor llegue a su fin.

El charloteo de mis articulaciones
doradas, mi forma de convertir
perras en pizzicatos argentinos
desenrolla una alfombra, un silencio.

Y no hay fin, no tiene fin.
Nunca envejeceré. Ostras nuevas
estriden en el mar y yo
reluzco como Fontainebleau

contenta,
toda la cascada un ojo
sobre cuya agua tiernamente
inclínome y véome.

La otra

Llegas tarde, lamiéndote los labios.
¿Qué dejé intacto en el umbral:

blanca Niké,
aullando entre mis muros?

Sonrientemente, azul relámpago
aceptas, como escarpia, el gravamen de sus partes;

Favorecido de la Policía, lo confiesas todo.
Cabello lúcido, limpiabotas, plástico viejo,

¿tan intrigante es mi vida?
¿Por eso agrandas tus ojeras?

¿Es por eso por lo que se alejan las motas de aire?
No son motas de aire, sino corpúsculos.

Abre tu bolso. ¿Qué es ese hedor?
Es tu calceta, asiéndose

asiduamente a sí misma,
son tus dulces pegajosos.

Tengo tu cabeza contra mi pared.
Cordones umbilicales, azulrojizos, flácidos,
chillan desde mi vientre, cual flechas, y cabálgolas.
O luz lunar, o enferma,

los caballos robados, las fornicaciones
circulan útero marmóreo.

¿A dónde vas
sorbiendo aire como kilómetros?

Lloran oníricos adulterios
sulfúricos. Cristal frío, ¿cómo

te introduces entre yo misma
y yo misma? Araño como un gato.

La sangre que fluye es fruta mate:
un efecto, un cosmético.

Sonríes.
No, no es mortal.

Místico

El aire, remolino de ganchos:
preguntas sin respuesta,
relucientes, ebrias como moscas
cuyo beso punge insosteniblemente
en los úteros fétidos de aire negro bajo estivos pinares.

Recuerdo
el olor a muerto del sol contra chozas de leño,
la rigidez de velas, las largas sábanas curvas salinas.
Una vez visto Dios, ¿cuál es el remedio?
Ya aquilatado uno de pies a cabeza,
ni un dedo omitido, una vez usado,
totalmente usado en las conflagraciones solares, las manchas
que se alargan partiendo de catedrales antiguas,
¿cuál es el remedio?

¿La píldora comulgatoria,
la marcha junto al agua quieta, el recuerdo?
¿O ir recogiendo fragmentos lúcidos
de Cristo en los rostros de los roedores,
de los mansos mascaflores cuya esperanza
es tan nimia que no tiene inquietudes:
gibosa en su choza mínima, limpia,
bajo los tallos de la clemátide?
¿Es que no hay amor, sólo ternura?
¿Es que la mar recuerda

a quien la camina?
Goteras de moléculas. Las chimeneas
de la ciudad respiran, la ventana suda,
los niños saltan en sus cunas.
El sol florece, es un geranio.
El corazón no se ha parado.

Temores

Esta pared blanca sobre la que el cielo hácese a sí mismo:
infinita, verdad, intocablemente intocable.
Los ángeles se bañan en ella, y las estrellas igualmente, en indiferencia también.
Mi medio son.
El sol se disuelve contra esa pared, desangrándose de sus luces.

Gris es la pared ahora, desgarrada y sangrienta.
¿Cómo salir de la mente?
Los pasos a mi zaga concéntranse en un pozo.
Este mundo carece de árboles y de pájaros,
solo hay agrura en él.

La pared roja no hace más que sobresaltarse:
un puño rojo se abre y se cierra,
dos papelosas bolsas grises:
he aquí mi materia, bueno: y terror también
a que llévenme entre cruces y una lluvia de lástimas.

Irreconocibles pájaros en una pared negra:
torciendo el cuello.
¡Esos sí que no hablan de inmortalidad!
Dos frías balas muertas se nos aproximan:
con mucha prisa vienen.

 Poemas de "Árboles de Invierno" (1971)




lunes, 9 de diciembre de 2013

Anne Sexton (ciclo escritores suicidas)

Anne Sexton, poetisa norteamericana,
Premio Pulitzer 1967
Introducción:

            Siguiendo con el ciclo de los escritores suicidas, en esta ocasión vamos a tratar de la figura de Anne Sexton, la poetisa norteamericana que fue una de las figuras literarias de la década de los sesenta, y también un ejemplo de quien por no poder soportar sus problemas conyugales, su alcoholismo, su insatisfacción y sus propios demonios interiores, decidió morir un día en el que en el binomio vida/muerte que siempre le había atraído, ganó la partida la muerte.


Anne Sexton

           
            El 1 de abril de 2013 llegó a las librerías el volumen de las obras completas de anne Sexton, con más de 1.000 páginas, editado por la editorial Liento Poesía, y traducidas por José Luís Reina Palazón. Obra imprescindible que nos trae toda la poesía de una mujer que vivió queriendo morir y murió por no haber sabido vivir.

            Pero ¿quién fue Anne Sexton?
            Anne Sexton, poetisa estadounidense,  cuyo verdadero nombre era Anne Gray Harvey, nació en Norton, (Massachusetts) el  9 de noviembre de 1928, en el seno de una familia burguesa, pues su padre era un acomodado fabricante de lanas. La familia vivía siempre en  barrios residenciales de Boston, acordes con su desahogada situación económica.
            La inestabilidad psíquica la acompañó desde el nacimiento de su primera hija, en 1954, -fruto de su matrimonio, celebrado en 1948, con Alfred Muller Sexton II, conocido por el pseudónimo «Kayo»-, debida a la depresión postparto, por lo que inresó en el hospital Westwood Lodge. De su matrimonio nacieron dos hijas: Linda Gray Sexton (1953), que con el transcurso de los años se haría novelista, y Joyce Sexton (1955) y después del nacimiento de su segunda hija, sufrió una segunda recaída depresiva y tuvo que ser nuevamente hospitalizada, mientras sus hijas eran enviadas a vivir con sus abuelos paternos. El día de su cumpleaños de ese mismo año, intentó suicidarse.
            El psiquiatra que la atendía, el doctor Martin Orne,  le recomendó que escribiera poesía por su desbordante imaginación y sensibilidad poética, por lo que se unió al grupo de poetas del taller que dirigía John Holmes en 1957,  al que asistían el grupo que formaban poetas como Maxine Kumin -con quien mantuvo una restrecha amistad hasta el final de sus días y con quien escribió cuatro libros infantiles-, Robert Lowell, George Starbuck y Sylvia Plath.
            A partir de entonces empezó a publicar sus poemas en publicaciones periódicas como las prestigiosas  New Yorker,  Saturday Review o Harper's Magazine.  El poema Heart's Needle (La aguja del corazón), de W.D. Snodgrass,  le sirvió de inspiración para escribir The Double Image (La doble imagen)  que  trata sobre las relaciones entre madre e hija.
            Más tarde empezó a dirigir sus propios talleres de poesía en Boston College, el Oberlin College y la Colgate University.
            Su obra poética destaca por la  visión intimista de la angustia  existencial que revela en ella, porque en sus poemas la condición femenina se muestra como tema central, pero también utilizó el estilo "confesionista", es decir, basado en la propia experiencia vital, con temas tan cotidianos y recurrentes en la vida de cualquier mujer como es el aborto, la menstruación y la experiencia de la drogadición, lo que fue muy criticado en su momento, por salir del convencionalismo social de la época. Pero su poesía no podía reflejar otra cosa que el remolino existencial, la tempestad interior que la sacudía entre los asuntos domésticos, su vocación poética, los deberes maternales, la drogadición que sufría y asumía por su alcoholismo crónico, los problemas conyugales que la llevaron al divorcio, en la década de los 70, y su inestabilidad emocional y nerviosa.
         A pesar de todo ello, fue una poetisa reconocida en su trayectoria, premiada y becada. Llegó a ser profesora titular de la Universidad de Boston -a pesar de haber abandonado los estudios cuando se casó-, Premio Pulitzer, en 1967, por su tercer libro Vida o muerte, y también miembro del Jurado de dicho premio.
            Su estilo intimista, confesional, la alzó a lo más alto de la fama literaria. Su atrativo físico, pues era alta y delgada, de expresivos y grandes ojos azules, su sensualidad innata y magnética que atrapaba a quien estuviera con ella, además del apasionamiento de sus poemas, de los temas tabúes para su época que trataba: el sexo, el cuerpo femenino y sus más recónditos secretos, el erotismo más descarnado y la pasión atormentada de una vida que no encontró la felicidad anhelada, porque su marido acabó abandonándola por otra mujer, lo que la desestabilizó totalmente.
            Se suicidó en Boston, el 4 de octubre de 1974, inhalando monóxido de carbono, encerrada en el garaje de su casa, deprimida y sola, pero protegiendo a sus hijos para que no resultaran dañados por su fatal decisión, le puso punto y final a una existencia marcada por la depresión, a pesar de su deseo de vivir, la pasión por el arte y por la vida, pero con una extrema sensibilidad que le hacía vibrar demasiado intensamente al lado de quienes estuvieron a su lado y no supieron comprenderla ni amarla como necesitaba, lo que queda reflejado en los 18 libros de tipo confesional que escribió antes de morir.
            Fue en 1991 cuando se supo que su psiquiatra durante ocho años, le había dado a un biógrafo todos sus archivos médicos, entre los que se encontraban 300 cintas magnetofónicas grabadas durante sus sesiones terapéuticas con ella. Dicha cesión la aprobó la hija  de Sexton que era su albacea literaria, aunque cuando se hicieron públicas dichas cintas y sus contenidos, se produjo un gran escándalo porque rompía los esquemas de una sociedad pacata como era la estadounidense de aquellos años. En España se publicó en 1996 su obra El asesino y otros poemas.
            Sus restos se hallan en el cementerio-crematorio de Forest Hills a las afuera de Boston, ciudad en la que vivió, sufrió y amó, sintiéndose en todo momento fuera de lugar y una extraña para los demás y para sí misma, por su extrema sensibilidad que le hizo escribir sus propias intimidades que nunca fueron comprendidas ni aceptadas por sus coetáneos, sintiendo el rechazo en los demás, quizás los más próximos, que ella misma sentía hacia una vida que la desbordaba y de ahí  tuvo que vivir en ese equilibrio fatal siempre a caballo entre la dualidad vida/muerte, título de su poemario que le dio fama y el premio Pulitzer, aunque terminó venciéndola la muerte en la lucha que mantuvo en un difícil duelo que siempre supo que tenía perdido de antemano.
           

Anne Sexton, poemas

Anne Sexton, poetisa
De ésas                                                              
He salido al mundo, una bruja poseída, 
rondando el aire negro, más valiente por ello;
soñando el mal, he sobrevolado
las casas planas, de luz en luz:
pobre solitaria, con mis doce dedos, enajenada.
Una mujer así no es una mujer, lo sé.
Yo he sido de ésas.
He encontrado las cuevas tibias del bosque,
las he llenado de sartenes, tallas, estantes,
de armarios, sedas, de incontables bienes;
he preparado la cena para los gusanos y los elfos:
llorando, aullando, ordenando lo que estaba mal.
A una mujer así no se la comprende.
Yo he sido de ésas.
He viajado contigo, carretero, saludando
con los brazos desnudos a los pueblos que dejábamos atrás,
aprendiéndome las últimas rutas de la claridad, superviviente
allí donde tus llamas aún muerden mis muslos
y crujen mis costillas bajo la presión de tu carreta.
Una mujer así no se avergüenza de morir.
Yo he sido de ésas. 

Poemas de amor (1969)
Editado por Editorial Linteo. 2009

 A Sylvia Plath

"Oh Sylvia, Sylvia, /
con una caja muerta de cucharas y piedras,
con dos hijos, dos estrellas fugaces
errantes en el pequeño cuarto de juegos
con tu boca en la sábana,
en la viga del techo, en la necia oración,
 ...
 ¡Ladrona!
¿Cómo te arrastraste dentro,
 bajaste arrastrándote sola
al interior de la muerte que yo deseé tanto y durante tanto tiempo,
la muerte que las dos dijimos que estaba superada
la que llevábamos en nuestros pechos flacos,
de la que hablábamos tanto cada vez
que nos metíamos tres martinis de más en Boston,
la muerte que hablaba de psicoanálisis y remedios, 
la muerte que hablaba como novias conspiradoras,
la muerte por la que bebíamos,
¿las razones y luego el acto tranquilo? (...)"
(Fragmento inicial de La muerte de Sylvia, de Anne Sexton. Traducción de Julio Mas Alcaraz)

Balada de la masturbadora solitaria.

El final de la aventura es siempre la muerte.
Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
fuera de la tribu de mí misma mi aliento
te encuentra ausente. Horrorizo
a aquellos que están cerca. Estoy saciada.
De noche, sola, desposo la cama.
Dedo a dedo, ahora es mía.
Ella no está lejos. Ella es mi encuentro.
La sacudo como a una campana. Me reclino
en la enramada donde tú solías montarla.
Me tomaste prestada sobre las sábanas floridas.
De noche, sola, desposo la cama.
Toma, por ejemplo, esta noche amor mío,
en la que todas las parejas juntan
con giros compartidos, debajo, arriba,
el abundante dos en esponja y pluma,
arrodillándose y empujando, cabeza con cabeza.
De noche, sola, desposo la cama.
Salgo de mi cuerpo de esta forma,
un milagro molesto. ¿Podría
exhibir el mercado de los sueños?
Estoy extendida. Me crucifico.
Mi pequeña ciruela fue lo que dijiste.
De noche, sola, desposo la cama.
Entonces vino mi rival del ojo morado.
La mujer de agua, alzándose en la playa,
un piano en la punta de sus dedos, vergüenza
en sus labios y un discurso de flauta.
Y yo era la escoba de las rodillas pegadas.
De noche, sola, desposo la cama.
Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí igual que una piedra.
Te devuelvo tus libros, tu sedal.
El periódico de hoy dice que te has casado.
De noche, sola, desposo la cama.
Chicos y chicas son uno esta noche.
Se desabrochan blusas. Se bajan las braguetas.
Se quitan los zapatos. Apagan la luz.
Las trémulas criaturas están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente, bien saciadas.
De noche, sola, desposo la cama.

Palabras
Ten cuidado con las palabras,
incluso con aquellas milagrosas.
Para las milagrosas hacemos lo mejor posible,
a veces se enjambran como insectos
y dejan no una picadura sino un beso.
Pueden ser tan buenas como los dedos.
Pueden ser tan confiables como la roca
sobre la que apoyas tu trasero.
Pero también pueden ser tanto margaritas como moratones.
-
Aún así, estoy enamorada de las palabras.
Son palomas que caen del techo.
Son seis naranjas sagradas posadas en mi regazo.
Son los árboles, las piernas del verano,
y el sol, su apasionado rostro.
-
Aún así, me fallan a menudo.
Tengo tanto de lo que quiero decir,
tantas historias, imágenes, proverbios, etc.
Pero las palabras no son lo suficientemente buenas,
las equivocadas me besan.
A veces vuelo como un águila,
pero con las alas de un gorrión.
-
Pero intento tener cuidado
y de ser suave con ellas.
Las palabras y los huevos deben ser tratados con cuidado.
Una vez rotos,
son cosas imposibles de reparar.


EL PECHO

Ésta es su llave.
Ésta es la llave para todo.
Preciosamente.

Soy peor que los hijos del guardabosque,
picoteando en busca de polvo y pan.
Aquí estoy intentando crear perfume.

Déjame tumbarme en tu alfombra,
en tu colchón de paja –lo que tengas a mano–
porque la niña en mí se está muriendo, muriendo.

No es que sea ganado para ser comida.
No es que sea una especie de calle.
Pero tus manos me encontraron como un arquitecto.

¡Jarra llena de leche! Fue tuya hace unos años
cuando habitaba el valle de mis huesos,
huesos bobos en la ciénaga. Pequeñas bagatelas.

Un xilófono quizá, con piel
recubriéndolo todo, torpemente.
Sólo después se volvió algo real.

Después me comparé a estrellas de cine.
Y no estaba a la altura. Algo entre
mis hombros sí lo estaba. Pero nunca suficiente.

Claro, había una pradera,
pero sin ningún joven que cantara la verdad.
Nada con lo que poder distinguir la verdad.

Sabiendo nada de hombres me tumbé junto a mis hermanas
y resurgiendo de las cenizas grité
¡mi sexo será traspasado!

Ahora soy tu madre, tu hija,
tu novedad –un caracol, un nido–.
Vivo cuando están vivos tus dedos.

Visto seda –cubierta para ser descubierta–
porque es en lo que quiero que tú pienses.
Pero para mi gusto es un tejido demasiado severo.

Así que dime lo que quieras pero recórreme como un escalador
pues aquí está el ojo, aquí la joya,
aquí la excitación que el pezón aprende.

Estoy desequilibrada –pero no estoy loca de nieve–.
Estoy loca en el modo en que las niñas están locas,
con una ofrenda, con una ofrenda…

Ardo del mismo modo que el dinero.

EL TOQUE

Meses permaneció mi mano aislada
en una lata. No había nada allí salvo rejas de metro.
Quizá esté magullada, pensé,
y es por eso que la han encerrado.
Pero cuando miré yacía en silencio.
Se podría medir con esto el tiempo, pensé,
como con un reloj, por sus cinco nudillos
y las finas venas subterráneas.
Allí yacía, como una mujer inconsciente,
alimentada por tubos que no conoce.

La mano se había colapsado,
diminuta paloma salvaje
entrada en reclusión.
Le di la vuelta y la palma era vieja,
con líneas finamente bordadas
y puntadas subiendo por los dedos.
Era gruesa y blanda y ciega en algunos sitios.
Tan solo vulnerable.

Y todo esto es metáfora.
Una mano corriente, sólo que añorando
tocar algo que pueda devolver
el toque.
La perra no lo hará.
Mueve el rabo en la ciénaga mientras busca una rana.
No soy mejor que una lata de comida de perro.
Ella es dueña de su propia hambre.
No lo harán mis hermanas.
Viven en la escuela, salvo para botones
y lágrimas que corren como la limonada.
Mi padre no lo hará.
Él viene con la casa e incluso de noche
habita una máquina que fabricó mi madre
y bien engrasada por su trabajo, su trabajo.

El problema es
que dejé que mis gestos se congelaran.
El problema no estaba
en la cocina ni en los tulipanes,
tan sólo en mi cabeza, mi cabeza.

Después todo fue historia.
Tu mano se encontró la mía.
La vida corrió hasta mis dedos como un coágulo.
Oh, carpintero mío,
ya están reconstruidos esos dedos.
Bailan junto a los tuyos.
Danzan ya en el desván y en Viena.
Mi mano vive sobre toda América.
No podrá detenerla ni la muerte,
la muerte derramando su sangre.
Nada la detendrá, pues es éste el reino
y el juicio final.
Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida.
Lavé las sábanas.
Tendí las sábanas y las vi
agitarse y elevarse como gaviotas.
Cuando estuvieron secas las destendí
y hundí mi cabeza en ellas.
Todo el oxígeno de la tierra en ellas.
Todos los pies de todos los bebés del mundo en ellas.
Todos los calzones de todos los ángeles del mundo en ellas.
Todos los besos mañaneros de Filadelfia en ellas.
Todos los juegos de saltar pintados sobre todas las aceras en
ellas.
Todos los caballitos hechos de tela en ellas.
-
Así que esto es la felicidad,
el viajante.
-noviembre 9, 1970

Nadando al desnudo

En el sudoeste de Capri
encontramos una pequeña gruta desconocida
donde no había nadie y
la penetramos completamente
y dejamos que nuestros cuerpos perdieran toda
su soledad.

Todo lo que hay de pez en nosotros
escapó por un minuto.
A los peces reales no les importó.
No perturbamos su vida personal.
Nos deslizamos tranquilamente sobre ellos
y debajo de ellos, soltando
burbujas de aire, pequeños
globos blancos que ascendían
hasta el sol junto al bote
donde el botero italiano dormía
con el sombrero sobre la cara.

Un agua tan clara que se podía
leer un libro a través de ella.
Un agua tan viva y tan densa que se podía
flotar apoyando el codo en ella.
Me tendí allí como en un diván.
Me tendí allí comosi fuera
la Odalisca roja de Matisse.
El agua era mi extraña flor.
Hay que imaginarse una mujer
sin toga ni faja
tendida sobre un sofá profundo
como una tumba.

Las paredes de esa gruta
eran de todos los azules y
dijiste: “¡Mira! Tus ojos son color mar. ¡Mira! Tus ojos
son color cielo”. Y mis ojosse cerraron como si sintieran
una súbita vergüenza.

EL ARTE NEGRO
¡Una mujer cuyos sentimientos escritos son demasiados
arrobamientos y  presagios!
Como si bicicletas, chicos e islas
no fueran demasiado; como si duelos, chismorreos
y vegetales nunca fueran demasiado.
Sus pensamientos son que puede amonestar las estrellas.
Una escritora es esencialmente una espía.
Yo soy esa chica, querido amor.

¡Un hombre cuyos escritos conocen demasiados
hechizos y fetiches ¡
Como si erecciones, convenciones y productos
no fueran demasiados; como si máquinas, galeones
y guerras nunca fueran demasiado.
Con muebles usados fabrica un árbol.
Un escritor es esencialmente un pícaro.
Vos sos ése hombre, querido amor.

Nunca amándonos a nosotros mismos,
aborreciendo aun nuestros zapatos y sombreros,
nos amamos unos a otros, preciosos, preciosos.
Nuestras manos son una luz azul suave.
Nuestros ojos están llenos de confesiones terribles.
 Pero cuando estamos casados
los niños nos dejan disgustados.
Hay demasiada comida y ninguna sobra
para comer en toda la sobrenatural abundancia.

(versión de Raúl Racedo)

Ama de casa
Algunas mujeres se casan con casas.
Es otra especie de piel; tiene un corazón,
una boca, un hígado y movimiento de intestinos.
Las paredes son estables y rosadas.
Mirad cómo se pasa el día hincada de rodillas,
lavándose fielmente.
Los hombres penetran a la fuerza, retrocediendo como Jonás
dentro de sus gordas madres.
Una mujer es su madre.
Eso es lo más importante.


EL ABORTO
Alguien que debió nacer
se perdió.

Cuando la tierra arrugaba su boca
y otro pimpollo soplaba desde su nudo;
cambié mis zapatos y manejé hacia el Sur.

Pasaron las Montañas Azules donde
en la infinitud las jorobas de Pensylvania
como gato crayonado decaen con su verde pelo.

Sus caminos hundiéndose como una tabla de lavar gris;
donde en realidad desde un hueco oscuro las particiones perversas
de la tierra derraman carbón.

Alguien que debió nacer
se perdió.

El césped erizado y fornido como cebolla,
y yo vagando cuando la tierra se quebraba,
y yo vagando como cualquiera de los frágiles sobrevivientes;

allá en Pensylvania conocí a un hombrecito,
no un Rumpelstiltskin (1), en todo, en todo
él tomó la plenitud de este naciente amor.

Retornando al Norte; aun el cielo crecía claro
como una alta ventana mirando a ningún lado.
La carretera era plana como una lamina de estaño.

Alguien que debió nacer
se perdió.

Sí mujer, esta lógica será la guía
para perdernos sin morir. O decí
lo que querés decir,
cobarde...esta nena que soy sangra

 (1)personaje de los hermanos Grimm
(versión de Raúl Racedo)

DESEANDO MORIR

Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lascivia regresa.
Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.
Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto al sol.
Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.
En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he aceptado su destreza, su magia.
De este modo, grave y pensativa,
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando por el agujero de mi boca.
No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.
Nacidos sin vida, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los niños mirarían con una sonrisa.
¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,
y a pesar de todo ella me espera, año tras año,
para reparar delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su dañina prisión.
Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,
rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la página del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.

EL ASESINO

La muerte correcta está escrita.
Colmaré la necesidad.
Mi arco está tenso.
Mi arco está listo.
Soy la bala y el garfio.
Estoy armada y lista
Desde mi mira, lo tallo
como un escultor. Moldeo
su última mirada a todos.
Cambio sus ojos y su cráneo
constantemente de posición.
Conozco su sexo de macho
y lo recorro con mi dedo índice.
Su boca y su ano son uno.
Estoy en el centro de la sensación.
Un tren subterráneo
viaja a través de mi ballesta.
Tengo un cerrojo de sangre
y lo he hecho mío.
Con este hombre tomo en mis manos
su destino y con este revólver
tomo en mis manos el periódico y
con mi ardor tomaré posesión de él.
Se inclinará ante mí
y sus venas saldrán en desorden
como niños… Dame
su bandera y sus ojos.
Dame su duro caparazón y su labio.
Él es mi mal y mi manzana y
lo acompañaré a casa.

CERDO

Oh tú máquina de tocino marrón,
cuán dulcemente yaces,
engordando una libra y media por día,
tú, par de calcetines enrollados,
tú, pesadilla de perro,
tú, con el hocico aplastado
pero las orejas extendidas,
tus ojos blandos como huevos,
cerdo, grande como un cañón,
cuán dulcemente yaces.
Por la noche estoy tendida en mi cama
en el armario de mi mente
y cuento cerdos en un corral,
marrones, moteados, blancos, rosados, negros,
avanzan por la lanzadera hacia la muerte
del mismo modo en que mi mente avanza
buscando su propia pequeña muerte.

LOS BOMBARDEROS

Nosotros somos América.
Somos los que rellenan los ataúdes.
Somos los tenderos de la muerte.
Los envolvemos como si fuesen coliflores
La bomba se abre como una caja de zapatos.
¿Y el niño?
El niño decididamente no bosteza.
¿Y la mujer?
La mujer lava su corazón.
Se lo han arrancado
y se lo han quemado
y como último acto
lo enjuaga en el río.
Este es el mercado de la muerte.
¿Dónde están tus méritos,
América?

EL BESO

Mi boca florece como una herida.
He estado equivocada todo el año, tediosas
noches, nada sino ásperos codos en ellos
y delicadas cajas de Kleenex, llamando llora bebé
¡llora bebé, tonto!

Antes de ayer mi cuerpo estaba inútil.
Ahora está desgarrándose en sus rincones cuadrados.
Está desgarrando los vestidos de la Vieja Mary, nudo a nudo
y mira, ahora está bombardeada con esos eléctricos cerrojos.
¡Zing! ¡Una resurrección!

Una vez fue un bote, bastante madera
y sin trabajo, sin agua salada debajo
y necesitando un poco de pintura. No había más
que un conjunto de tablas. Pero la elevaste, la encordaste.
Ella ha sido elegida.

Mis nervios están encendidos. Los oigo como
instrumentos musicales. Donde había silencio
los tambores, las cuerdas están tocando irremediablemente. Tú hiciste esto.
Puro genio trabajando. Querido, el compositor ha entrado
al fuego.

LA MUSICA SE DESLIZA HACIA MI

Espere señor. ¿Para qué lado queda casa?
Ellos apagaron la luz
Y la sombra se mueve en la esquina.
No hay señales en este cuarto,
Cuatro mujeres, de más de ochenta,
Cada una con pañales.
La la la, oh… la música se desliza hacia mí,
Y puedo sentir la melodía que tocaban
La noche en que me dejaron
En este instituto privado sobre la colina.

Imagínenlo. Una radio sonando
Y todos aquí estaban locos.
Me gustó y bailé en un círculo.
La música se derrama sobre la razón
Y, de una manera divertida
La música ve más que yo.
Quiero decir que se acuerda mejor;
Recuerda la primer noche aquí.
Estaba el sofocante frío de Noviembre,
Hasta las estrellas estaban adheridas al cielo
Y esa luna demasiado brillante,
Pasando a través de los barrotes para pegarme
Con un canto en la cabeza.
He olvidado todo el resto.

Me atan a esta silla a las 8 A.M.
Y no hay señales que indiquen el camino,
Sólo la radio, sonando para ella misma
Y la canción que recuerda
Más que yo. Oh, la la la
Esta música se desliza hacia mí.
La noche en que llegué bailé en un círculo
Y no tuve miedo.
¿Señor?
Traducción de Griselda García
La verdad que los muertos conocen
Para mi madre, nacida en marzo de 1902, muerta en marzo
de 1959, y para mi padre, nacido en febrero de 1900,
muerto en junio de 1959.

Se acabó, digo, y me alejo de la iglesia,
rehusando la rígida procesión hacia la sepultura,
dejando a los muertos viajar solos en el coche fúnebre.
Es junio. Estoy cansada de ser valiente.
Conducimos hasta el Cabo. Crezco
por donde el sol se derrama desde el cielo,
por donde el mar se mece como una cancela
y nos emocionamos. Es en otro país donde muere la gente.
Querido, el viento se desploma como piedras
desde la bondadosa agua y cuando nos tocamos
nos penetramos por completo. Nadie está solo.
Los hombres matan por ello, o por cosas así.
¿Y qué ocurre con los muertos? Yacen sin zapatos
en sus barcas de piedra. Son más parecidos a la piedra
de lo que lo sería el mar si se detuviera. Rehusan
ser bendecidos, garganta, ojo y nudillo.

Bondadoso señor, este bosque
Bondadoso señor: le voy a contar un juego antiguo
que jugábamos a los ocho y a los diez.
A veces, en La Isla, al sur de Maine,
a finales de agosto, cuando desde alta mar
llegaba la niebla fría, el bosque entre Dingley Dell
y la cabaña del abuelo se ponía blanco, raro.
Era como si cada pino fuera un poste desconocido;
como si el día se convirtiera en noche y los murciélagos
volaran hacia el sol. Nos divertía
dar una vuelta y, ¡ya!, saber que estabas perdida;
saber que el cuerno del cuervo sonaba en la oscuridad,
saber que nunca llegaría la cena,
que el alarido maldito de la lejana sirena decía
tu tata se ha marchado para siempre. Oh, señorita,
la barca ha volcado. Y entonces estabas muerta.
Gira una vez, los ojos apretados, pensando en eso.
Bondadoso señor: perdida y de su misma naturaleza,
he dado dos vueltas, con los ojos bien cerrados,
y los bosques estaban blancos y mi mente nocturna
vio cosas tan raras... innombradas, irreales.
Y al abrirlos, me da miedo mirar
(con esta mirada interior mía que tanto desprecia la sociedad).
Aun así, busco en estos bosques y no encuentro nada peor
que mi imagen, atrapada entre la uvas y las zarzas.
Poema de Anne Sexton traducido por michelle para Mujer Palabra (2002/2006)

Cigarrillos, Whiskey y Mujeres Salvajes
-(de una canción)
-Quizá nací de rodillas,
Nací tosiendo en el largo invierno,
Nací esperando el beso de la misericordia,
Nací con una pasión por la rapidez
Y aún así, al ir progresando las cosas,
Aprendí temprano sobre la estocada
O sacarla, el vapor del enema.
A los dos o tres aprendí a no arrodillarme,
A no esperar, a plantar mis fuegos bajo tierra
Donde a nadie más que las muñecas, perfectas y terribles,
Se puede susurrar y dejar morir.
-
Ahora que he escrito tantas palabras,
Y dejado tantos amores, para tantos,
Y he sido completamente lo que siempre fui –
Una mujer de excesos, de celos y codicia,
El esfuerzo me parece inútil.
¿Acaso no me miro al espejo,
Estos días,
Y veo una rata borracha voltear la vista?
¿Acaso no siento un hambre tan aguda
Que preferiría morir antes
Que mirarla a la cara?
Me arrodillo nuevamente,
En caso de que la misericordia llegue
En el último minuto.